miércoles, 30 de noviembre de 2011

MI MALETA

Preparaba mi maleta con entusiasmo para emprender una nueva etapa de mi vida y la llenaba de ropa, de fotos, de cosas importantes para mí.
Recuerdos de hace años que vienen a mi cabeza, cuando recién dejada la adolescencia me trasladé a París.
Han pasado más de veinte años y sigo enamorada de la ciudad; sus edificios, sus calles, su olor y, sobre todo, ese ambiente bohemio que me marcó para siempre.
Recuerdos de una residencia de estudiantes en la que compartía alojamiento con chicos estadounidenses que me asombraban por su forma de ver la vida tan diferente a la mía.
Recuerdos de llamar a casa por teléfono cada semana, por supuesto a cobro revertido (algo que los jóvenes de ahora no sabrán ni lo que es) y escuchar la voz de mi padre diciéndome: "Ça va?".
Entonces no existía ni Eurodisney, ni el barrio de la  Defense. Era la ciudad ideal para vivir: un sitio en el que eras completamente anónimo; en el que pasabas los días entre clases y visitas a museos y monumentos, o simplemente, te dejabas llevar por las calles.
Recuerdos de pasear un día por esas calles y escuchar desde un balcón "Islas Canarias" y comenzar a llorar recordando lo lejos que estaba de los míos (siendo que nunca he estado en Canarias).
En esos momentos sentías ganas de volver a tu tierra, con tu gente.
Siempre se ha dicho que la tierra tira. A mí me tira París. Volver a perderme en sus calles, volver a ver los puestos en la orilla del Sena, volver a los Bistrot del Barrio Latino, volver a sentirme bohemia en un ambiente en el que no desentono y, aunque lo haga, nadie me dirá nada.
Sigo soñando con el día en que pueda regresar y esta vez para quedarme. Al fin y al cabo lo que nos ata a nuestra tierra son cosas materiales: nuestra casa, nuestro coche,... Lo que realmente importa es lo que pongamos en la maleta de nuestro corazón y de nuestros recuerdos. Nuestro hogar somos cada uno de nosotros y nuestras riquezas son nuestros valores como seres humanos.
Tengo la maleta preparada. Esta vez no pesa nada. Simplemente llevo una foto de las personas que me dieron la vida. Las tres personas que formamos mi familia nos iremos juntos. Todo lo demás lo llevo en mi corazón y en mi cabeza. No sé dónde nos llevarán nuestros pasos. Quizá París sea esa felicidad que sigo buscando. Esperaré a que llegue el día en que pueda partir...

martes, 29 de noviembre de 2011

QUÉ DIRÁN

Me sigue asombrando la gente que tiene poco fondo, que vive de las apariencias, que todo su mundo gira en torno al qué dirán.
No entiendo a los que piden préstamos a los bancos para irse de vacaciones o para organizar eventos familiares en los que todo tiene que ser lo más de lo más.
Ya no es cuestión de tener o no tener dinero, es cuestión de mirar más allá del físico de las personas, de intentar ver que todos tenemos un fondo, aunque algunas veces llego a dudarlo.
Llega un momento, conforme te vas haciendo mayor, en que las apariencias te importan un bledo; buscas en las personas algo más que aquello que pretenden aparentar ser y no son. 
Es normal en los adolescentes de hoy en día que toda su ropa sea "de marca" y, a ser posible, que se vea cuanto más mejor; estamos en la sociedad del consumismo, del querer y  no poder, pero hacerlo como sea. Pobres chicos y chicas, sobre todo estas últimas, si no van vestidas con lo último que sacan las casas de moda, se ven relegadas a un segundo plano; no pueden entrar a formar parte de según que "grupos". La pena es que son demasiado jóvenes para darse cuenta que no merece la pena entrar en esos grupos, que se está mucho mejor fuera, siendo uno mismo, con personalidad, con valores más allá de lo superfluo.
La cosa es más grave cuando los adultos siguen comportándose como si fueran quinceañeros y nos quieren hacer comulgar con ruedas de molino, aparentando ser lo que no son y pretendiendo, con sus palabras, que nos sintamos ofendidos por no llevar ropa de tal o cual tienda, sino por vestirnos con ropa que no es de marca, que es mucho más barata y más asequible a nuestros bolsillos;  por no irnos de vacaciones a ningún sitio o porque nuestras reuniones favoritas son en casa en torno a un café y un bizcocho que hemos hecho.
Es en esas ocasiones cuando te das cuenta de lo vacíos que están por no intentar ver cómo eres en realidad y, ni siquiera, saber cómo son ellos. Claro que, las personas que piensan y se comportan así, no pueden ver más allá de un palmo de sus narices y de sus carísimos gustos.
No me gusta esta sociedad en la que se nos juzga por cómo vamos y no por cómo somos; en la que la etiqueta de un pantalón o de una chaqueta tiene más valor que una palabra o un gesto.
Sinceramente, a mí el qué dirán hace mucho que dejó de importarme; sólo me preocupa qué dirán de mí aquellos que realmente me conocen como persona y no como un maniquí ambulante, cosa que nunca he sido ni quiero ser.

lunes, 28 de noviembre de 2011

PATITOS

No sé qué debió pasar el día en que nací.
Sé que algunos se alegraron porque llegara a este mundo y que para otros resultó indiferente. Es así en la existencia de cualquier persona.
Nunca vi en sus rostros ningún atisbo de desprecio hacia mí, de rechazo por no ser como los demás, todo lo contrario: en sus ojos siempre había amor, ternura, calor.
Siempre me trataron como a alguien normal, pero yo sabía que no lo era. Me sentía diferente. Estaba en el lugar inadecuado en la época menos apropiada.
Cuando llegó mi época adulta mis diferencias salieron a la luz. No era algo físico, simplemente yo no era como los demás: no me gustaba el mundo que me rodeaba, prefería soñar y perderme en épocas remotas en las que simplemente podía ser yo; no me gustaban las cosas que estaba viviendo, pero tampoco quería poner fin a mi vida; quería luchar por ser simplemente yo.
Cuando intentaba hacer algo para conseguir un momento de felicidad, las cosas se torcían y ya no llegaba ese segundo en el que disfrutar.
Dicen que algunos nacen con estrella y otros estrellados. No me considero de este segundo grupo, sencillamente soy diferente; tengo otros sueños y otros anhelos.
Cada día, a través de un invento llamado redes sociales, voy conociendo a personas que se parecen a mí, que desean otras cosas, que quieren ser ellos mismos, que buscan y encuentran algo que no hay en el mundo que les rodea.
No puedo decir que me guste seguir siendo el patito feo, pero soy como soy y, ahora, ya no voy a cambiar, ni tampoco quiero convertirme en cisne. Necesito ese pequeño empujón que me ayude a volar, a desplegar mis alas y conocer un mundo que no es tan malo como yo creo que es. Al fin y al cabo, me doy cuenta que somos muchos los que lo necesitamos, que podemos ayudarnos y emprender juntos nuestro vuelo todos los que seguimos siendo patitos.

viernes, 25 de noviembre de 2011

TU PEQUEÑA

Hola papi:
Sabía que iba a llegar el día de hoy y estaré toda la mañana esperando las rosas blancas que nunca llegarán.
No te puedes imaginar lo que te echo de menos.
Intento ser fuerte, hacerme a la idea de que nunca más te volveré a ver, pero en días como hoy el dolor es más insoportable que nunca.
Me siento como una niña y te necesito. No te imaginas cuanto te necesito.
No llegará tu llamada para decirme "felicidades pequeña" y sé que seguiré mirando el teléfono, con tu número aún guardado en mis contactos, esperando un milagro.
No tengo que contarte como me van las cosas, porque tú estás conmigo, estás en mí; porque todas las noches le doy un beso al anillo que me dijiste que te guardara y que jamás abandonará mi mano; porque tu nieta me dice que yayo es la estrella que más brilla en el cielo; porque sé que te fuiste cuando creíste que tenía mi vida encaminada; porque sé que quieres que sea feliz.
Pocas personas entenderán que nunca fuimos amigos, que simplemente éramos un padre y una hija, pero que sentíamos adoración el uno por el otro, con nuestros defectos y nuestras virtudes. Como decía mamá, éramos Romeo y Julieta.
Te doy las gracias por enseñarme a ser quien soy, por aprender contigo a hablar y a escuchar, por darme tanto amor, por decirme siempre "Adelante, tú puedes".
Sólo quiero que sepas que seguiré; que seré feliz; que todos los días estarán llenos de rosas blancas; que comprenderé que estás, como tú me decías, en un lugar mejor del que nadie vuelve.
Seguiré mi vida con la familia que he formado y haré lo que me enseñaste a hacer: simplemente ser una mujer buena.
Te quiero papá. Tu pequeña.

jueves, 24 de noviembre de 2011

UNA ESTRELLA BRILLANDO

Se suele decir: "Qué solos están los muertos".
Cada uno tendrá sus creencias y compartirá o no esa frase. Para mí no están solos, están llenos de vida en nuestros corazones, en nuestros recuerdos, en esas prendas de ropa que, después de mucho tiempo aún cogemos y apretándola contra nuestra nariz, mantiene su olor.
No es esto un pensamiento tétrico ni luctuoso, todo lo contrario, es saber que los que se han ido físicamente de nuestras vidas están ahora en nosotros. Ya lo estaban antes de partir, pero ahora lo hacen las veinticuatro horas del día. 
Nada me parece más hermoso que contemplar una noche clara y estrellada y pensar que una de esas estrellas es la persona que me cuida, la que va conmigo a todas partes, la que se alegra conmigo y por mí, la que llora conmigo y por mí.
Es bonito recordar que aquella persona que se fue decía que, en su próxima vida, querría reencarnarse en otra cosa. Y tú buscas esa cosa, y la encuentras, y ves en ella algo distinto, especial, que te hace sentir bien.
No creo que los muertos estén solos. Somos nosotros los que lo estamos porque no sabemos asumir que esas personas tan queridas no nos volverán a dar un beso o un abrazo, pero están en los besos y abrazos que nosotros damos a los demás. No sabemos asumir que un día, más tarde o más temprano, todos nos iremos y dejaremos aquí nuestros recuerdos, nuestras enseñanzas, nuestro olor.
No hay nada más bonito que pensar que un día seremos una estrella brillando en el cielo y que alguien, desde aquí abajo, nos mirará y sonreirá.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

ME GUSTARÍA.....

Alguna vez me he planteado qué me gustaría ser si no fuera yo.
Son demasiadas las respuestas que me vienen a la cabeza; no me gustaría ser otra persona, preferiría ser algo, una cosa.
Me gustaría ser agua para poder recorrer valles verdes y hacer un largo camino hasta llegar al mar; para poder dar de beber a aquellos que no tienen; para mojar a los niños recién nacidos y notar su suave y delicada piel; para caer en los campos que esperan sedientos.
Me gustaría ser el sol para dar vida a la tierra y los seres que la pueblan, para dar calor a las personas que, sin hogar, pasan frío en los días de invierno, para hacer crecer plantas y árboles, para llenar de luz todos los rincones.
Me gustaría ser fuego para calentar los corazones fríos de la gente, para dar luz en casas pobres y desamparadas, para calentar un plato de comida que llevar a la boca.
Me gustaría ser un árbol, alto, fuerte, lleno de hojas, para dar sombra en los cálidos días de verano, para que los pájaros se posaran en mis ramas y construyeran sus nidos, para dar frutos y que las personas se alimentaran.
Me gustaría ser una nube para poder tapar el sol en los días agobiantes de calor, para poder soltar el agua en las zonas secas, para que los niños jugaran a ver formas, para no tener límites ni fronteras.
Me gustaría ser un libro para hacer llorar a algunos y reír a otros, para hacer soñar, para provocar polémicas y tertulias entre amigos, para que los niños aprendieran a leerme y los mayores no olvidaran.
Me gustaría ser una flor para que los niños me cogieran y me olieran, para ser una declaración de amor, para ser una despedida a alguien que se va, para ser un hola a un ser que llega a la vida.
Tantas y tantas cosas me gustaría ser que todas se resumen en una: me gustaría ser la felicidad que dan las pequeñas cosas.

martes, 22 de noviembre de 2011

CUÉNTAME UN CUENTO

De pequeña soñé que yo era la "Bella Durmiente" y me despertaba en medio de un bosque. Comencé a caminar y me encontré una "Caperucita Roja"; como hacía un poco de frío me la puse y seguí caminando entre los árboles. 
No había nadie pero, de repente, noté un extraño olor, mas que extraño era apestoso; miré y vi a "Tres Cerditos" trabajando; se estaban construyendo unas casas y con el esfuerzo sudaban. Me alejé de ellos y, al momento escuché una agradable música: era una flauta. Vi a un señor que la tocaba y, al preguntarle, me dijo que era "El Flautista de Hamelin". Le pregunté cómo se llegaba a dicho pueblo, pero debí entender mal las indicaciones, porque lo único que encontré fue una casita en medio del bosque. Llamé a la puerta y me abrieron dos niños que me dijeron que se llamaban "Hansel y Gretel". Después de invitarme a caramelos, me indicaron el camino para llegar al pueblo más cercano.
Continuando mi camino, escuché de nuevo una musiquilla; no era una flauta. En un claro del bosque había una casita en la que vivían ocho personas: eran "Blancanieves y los siete enanitos"; silbaban y bailaban y, al momento, me contagiaron su alegría. Tuve que dejarles para intentar llegar al pueblo más cercano. Mi alegría desapareció cuando me encontré a una niña llorando; le pregunté qué le pasaba y me dijo que se llamaba "Cenicienta" y que no le dejaban ir a un baile. Le dije que no llorara, que encontraríamos la solución. Un ruido nos asustó a las dos; de entre los árboles apareció un monstruo, un ser peludo y enorme. Olvidándome de aquella chica, salí corriendo y me escondí tras unos matorrales; miré a ver dónde estaba y la ví con aquel extraño ser; parecen "La Bella y la Bestia", pensé.
Al ver que ya no me necesitaba , proseguí mi camino. Pensé que ya no me iba a ocurrir nada más. Oí un llanto y me acerqué a ver quien era: un "Patito Feo" lloraba desconsoladamente porque nadie le quería; le dije que no se preocupara, y me contestó que "Pulgarcito", un niño subido en una de sus alas y al que yo no había visto, se lo repetía constantemente, pero no podía evitarlo.
Dejé a los dos amigos hablando y, por fin, llegué a una hermosa ciudad. En la puerta de la muralla había un "Soldadito de Plomo" al que le pregunté que ciudad era aquella. Me dijo que era la del "Rey Midas". No sabía muy bien quien era ese señor, pero debía ser muy importante. La ciudad estaba en fiestas, por lo que me comentó "El Gato con botas", habían encontrado "La Gallina de los Huevos de oro" y todos estaban felices y contentos.
Me uní a las celebraciones. El rey salió a saludar con su hijo, "El Príncipe Valiente". Pude hablar con él y me dijo que en realidad no era el hijo del rey, sino que lo había adoptado de pequeño, que en verdad se llamaba "Peter Pan", pero que con el rey había encontrado al padre que nunca tuvo.
Cansada de tanto caminar, entré en un pequeño establo. Había un cervatillo llamado "Bambi", que me dejó apoyar la cabeza en su pequeño lomo. Me dormí y soñé con un chico llamado "Aladino" que me llevaba en una alfombra mágica al feo y humano mundo de la realidad.

lunes, 21 de noviembre de 2011

UN MENSAJE

El otro día me llegó un mensaje al móvil:
"mñn kdams dnd siempre, ok? sno llm. bss"
Yo, que estoy acostumbrada a leer las palabras enteras y verdaderas,  me estuve un rato hasta que conseguí descifrar lo que me estaban diciendo.
Parece que el lenguaje de los móviles está de moda y somos "raros" los que escribimos todas las palabras, con sus vocales y sus consonantes; incluso cometemos la osadía de poner las tildes.
No sé por qué se tiene que emplear esta amplia gama de abreviaturas, al fin y al cabo, el coste del mensaje es el mismo y la persona que lo recibe, en este caso yo, no se vuelve loca intentando averiguar qué le están diciendo.
Lo peor de todo no es que se escriban de esta manera los mensajes, sino que ya han pasado al lenguaje escrito de cada día.
Por mi trabajo he visto escritos de jóvenes en los que aparecen las mismas abreviaturas que en los mensajes de móvil. 
Si ya de por sí andaba mal la cultura en este país, ¿cómo nos va a ir a partir de ahora si nos dedicamos a escribir así?. Es imposible que nuestros jóvenes manejen con fluidez nuestra rica lengua si se dedican a escribir con abreviaturas y, para más inri, son incapaces de leer un libro. Y encima ¡Presumen de ello!.
Por suerte o por desgracia a mí me gusta leer; devoro libros, es algo que viene de familia. Pero no puedo imponer que todo el mundo lea, que descubra el maravilloso mundo de los libros y así, de paso, aprenda a escribir sin faltas de ortografía.
Lo siento por mis contactos del móvil, pero yo los seguiré enviando con todas sus letras y sus tildes. No sé hacerlo de otra manera, y tampoco quiero. Por que yo envío mensajes, no sms.

viernes, 18 de noviembre de 2011

SIMPLEMENTE PERSONAS

A estas alturas no vamos a hablar de machismos y feminismos. Considero que todos somos personas y como tales se nos ha de tratar, sin tener en cuenta lo que tengamos entre las piernas.
Pero sí es cierto que en algunos aspectos de nuestra vida cotidiana aún siguen prevaleciendo ciertos prejucios tanto para unos como para otras. 
Si en la puerta de un colegio vemos a un padre a las 9 de la mañana llevando a sus hijos, cosa que antes no hacía, no pensaremos que tiene fiesta, que tiene un horario vespertino, sino que simplemente le han echado del trabajo y está en el paro.
Dando gracias el hecho de que un hombre vaya a la compra solo es algo habitual. Volvemos al pero, si lleva la lista de la compra en un papel, "seguro que se la ha hecho su mujer".
No es esto un alegato a favor de los hombres, es simplemente dejar constancia de lo que nos gusta hablar sin saber; opinar sobre los demás y cuanto más sepamos, mejor.
Tampoco soy feminista, pero he vivido en mis carnes el hecho de no obtener un trabajo porque "podría quedarme embarazada"; aunque realmente lo que me molesta es que a las señoras casadas se las llame "señora de". Creo que únicamente somos de nuestros padres que nos hicieron y nos parieron.
Doy gracias por ser española y no tener que cambiar mi apellido por otro.
Cada día los hombres se integran más en las labores domésticas y las mujeres ocupan un amplio número en el mundo laboral.
Hay mujeres que les encanta un partido de fútbol y lo viven con la misma pasión que cualquier hombre; al igual que hay hombres que lloran viendo películas de las que podríamos denominar "pastelito".
Creo y espero que por fin lleguemos a un mundo habitado sólo por personas, que dejemos a un lado la guerra de sexos. La naturaleza es muy sabia y nos ha dotado a cada uno con aquello que podemos soportar.
Cuántas veces una mujer habrá deseado tener la fuerza de un hombre para poder abrir ese bote que se resiste, y cuántas veces un hombre habrá deseado tener la ternura de una mujer para consolar a un amigo.
No distingamos. No busquemos guerras donde no las hay. Seamos simplemente personas.

jueves, 17 de noviembre de 2011

UN BESO POR INTERNET

Qué triste es ver dónde nos está llevando esta sociedad en que vivimos.
Todos estamos demasiado ocupados para los demás; siempre hay algo más importante que hacer que dedicarle dos segundos de nuestra vida a una persona que nos necesita o que, simplemente, le podemos decir "hola" y será suficiente para hacerla feliz.
¿Tanto nos cuesta dejar de ser el ombligo del mundo? 
No me gusta vivir en un mundo en el que las personas no importamos, en el que las cosas han pasado a un primer término que no les corresponde. 
Por suerte o por desgracia pertenezco al grupo de personas que necesitan todos los días una caricia, una sonrisa, un gesto amable y, por supuesto, soy la primera que lo hago. Creo que si yo lo necesito, los demás también. ¡ Tonta de mí !.
A estas alturas de mi vida ya no puedo cambiar: seguiré dando abrazos, besos y caricias sin que me lo pidan. Lo que sí que cambiaré, o espero hacerlo, es no esperar nada a cambio, no poner la mejilla porque lo más probable es que me lleve una bofetada.
Afortunadamente hay dos personas en mi vida que me dan un beso todas las mañanas. Pero ¿y todas esos seres humanos que no tienen a nadie que se lo dé?. Personas que están solas o, que estando acompañadas, se sienten solas.
Utilicemos las redes sociales no sólo para escribir tonterías. No sabemos si la persona que está al otro lado necesita ese beso, esa caricia o esa palabra amable que hace tiempo que no recibe.
Todos tenemos un segundo en nuestra vida diaria para desear un feliz día a los demás, para que no se sientan solos, para que al abrir esta maravillosa ventana que es internet puedan encontrar ese beso que no tienen en la realidad.

SOY UN PÁJARO

Todos decimos que ya somos adultos, que hemos madurado, que nuestras vidas dependen de nosotros mismos, que no tenemos que dar explicaciones a nadie.. Pero no es cierto.
Siempre queremos tener a alguien ahí detrás que, de vez cuando, se alegre por nosotros, llore con nosotros, nos dé un abrazo y nos diga: "Esto está bien o está mal".
Dicen que los pájaros son libres, pero vuelan en bandadas.
Nosotros somos igual; necesitamos nuestra bandada para seguir el vuelo de nuestra vida.
Es terrible sentir el vacío que trae la soledad, la impotencia que sentimos al vernos solos ante una situación ya sea triste o alegre.
Hay personas que olvidan. Nos olvidan. Ya no somos importantes en sus vidas. Pero ellas lo fueron un día en la nuestra y nosotros queremos que lo sigan siendo.
Por suerte la vida nos trae amigos, verdaderos amigos, seres que están ahí, que ríen y lloran con nosotros, nos aconsejan, nos escuchan.... pero nunca sustituirán a los otros.
Soy un pájaro que un día dejó su bandada y echó a volar con otros, pero sigo queriendo a los de antaño y, de vez en cuando los necesito, aunque ellos me hayan olvidado.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

PLOF

Hay días en que uno se levanta triste, pero no le importa que le cuenten un chiste o le hagan alguna broma para reírse un poco.
Días en que nos quedaríamos en la cama completamente apáticos, pero si nos quedamos tumbamos, tenemos un gusanillo dentro que nos dice que hay que levantarse y comerse el mundo.
Días en que ir al trabajo se hace algo aburrido y monótono, pero a la vez son los días en que mejor funciona todo.
Días en que no te apetece hablar con nadie, ni tan siquiera saludar, pero de repente llega la persona que hace que tu conversación sea más fluida y más intima, más agradable, y esperas que esa tertulia no termine nunca.
Días en que levantas la persiana, ves nubes y te cabreas porque hasta el cielo está en tu contra, pero en cuanto sale un pequeño rayo de sol, deseas que se cubra para volver a las nubes que abrigan tu intimidad.
No creo que exista una definición para ese estado de ánimo, más bien es imposible definirlo.
Hace muchos años me inventé un término para esa "situación" y decidí que a partir de entonces estaría viviendo uno de mis días plof. 
Son días maravillosos en que te descubres a ti mismo pero confundes a los demás.
Todos hemos tenido algún día plof y lo seguiremos teniendo; disfrutemos de ellos, realmente es cuando mejor sabremos cómo somos nosotros mismos.

martes, 15 de noviembre de 2011

GRANDES DESCUBRIMIENTOS

No tengo nada en contra de la ciencia, todo lo contrario: me parece impresionante y digno de admiración algunos de los descubrimientos que hacen.
Sin embargo creo que en nuestra vida hay otros descubrimientos más importantes. Los que somos personas de a pie nunca olvidaremos el día en que descubrimos que esa cajita que guardaba mamá en uno de sus cajones "personales" contenía todos los dientes que se nos habían caído. En ese momento se mezcló la alegría de volver a recuperar algo que era nuestro, con saber que habíamos sido un poco tontos buscando al Ratón Pérez por los bolsillos de la americana de papá.
Ni que decir tiene los días de campo en primavera, cuando mirábamos al cielo para ver pasar una cigüeña con un paquete en el pico y pensar dónde llevaría ese bebé y suplicándole que, por favor, apretara bien el pico para que no se le cayera. Los compañeros del cole se encargaron de enseñarnos la realidad, ya que en mis tiempos, no era un tema de conversación entre padres e hijos, ni se daban clases de educación sexual.
Pero el gran descubrimiento de nuestra vida fue saber quiénes eran los Reyes Magos. Nunca olvidaremos la cara de la persona que nos lo dijo, por muchos años que hayan pasado; nunca olvidaremos a nuestros padres confirmándonos la terrible noticia que nos negábamos a creer. 
Seré una ingenua o quizá no quiero olvidar a la niña que llevo dentro de mí, pero cada vez que a mi hija se le cae un diente, el Ratón Pérez viene por la noche y se lo lleva, dejándole un regalito. Ahora soy yo la que tiene la cajita con todos sus dientes, pero la tengo bien alta, para que no llegue a cogerla. 
Este fin de semana hemos estudiado el aparato reproductor, así que de la cigüeña mejor ni hablamos.
Lo que nunca dejaré que olvide será la mágica noche de los Reyes Magos. Yo la sigo viviendo con la misma intensidad que lo hacía de pequeña; sigo esperando esa pequeña tontería que no sé lo que es, pero que lleva mi nombre escrito; sigo yendo a ver la cabalgata y a gritar como una loca para que Sus Majestades me miren y me saluden.
Quizá mis deseos para los Reyes no sean los mismos de cuando era niña, pero siguen siendo eso: deseos y sueños. 
Sólo espero que el día de mañana mi hija tenga los mismos hermosos recuerdos que tengo yo, no por el hecho de que le han traído cosas carísimas o todo lo que ella había pedido, sino porque dos personas, su padre y yo, por una noche y por todas las noches y los días, hemos procurado ser los reyes magos de sus sueños, al igual que nuestros padres lo fueron de los nuestros, y ese sea su gran descubrimiento.

lunes, 14 de noviembre de 2011

QUIERO VOLVER A SER YO

Siempre he sido un maniático del orden y hoy por hoy lo estoy pasando fatal.
Sé que no es mi culpa que todo esté hecho un caos, que las cosas no sean cómo tienen que ser, pero aún así me siento muy mal.
Es algo superior a mis fuerzas y, en teoría, tendría que poder dominarlo, no el hecho de sentirme así, sino que todo esté al revés, que todo esté cambiando.
A medida que pasan los años cada vez cambian más las cosas, hay más desorden en mi existencia y, para colmo de males, la gente me critica por ello.
Todos quieren que vuelva a ser como era, que los tiempos de antaño vuelvan, ¿qué voy a hacer?.
No me siento a gusto conmigo mismo, ni con las críticas que recibo. Quisiera volver a ser el de antes: el que lloraba cuando debía, el que soltaba un soplido de vez en cuando, el que helaba las pieles de los demás...
Simplemente no puedo.
Algo o alguien está haciendo que, en cierto modo, comience a desaparecer mi existencia; que mis hermanos, tanto el que va antes como el que va después que yo, sean más fuertes y que su presencia esté durante más tiempo junto al resto de las personas.
No quiero desaparecer, no quiero que mis hermanos ocupen mi sitio y pasen de uno a otro sin contar conmigo.
Quiero volver a ser el que siempre fui: el otoño que traía el agua y los primeros fríos, el que provocaba tiernos recuerdos de mi antecesor el verano y anticipaba las largas tardes de mi hermano pequeño el invierno.

domingo, 13 de noviembre de 2011

MUJER TENÍA QUE SER

Espero que mis amigos hombres no se tomen a mal lo que voy a escribir.
El día que nací muchas personas dijeron: "Por fin es una chica", lo cual quiere decir que no es tan malo pertenecer al sexo femenino.
Aquello desde luego no me marcó para nada, pero sí lo hizo el hecho de tener que enfrentarme en mis juegos familiares a tres varones más mayores que yo. Soy consciente y acepto que la naturaleza nos ha dotado con menos fuerza física que a los hombres. En cierto modo se lo agradezco. Ya que no podía devolver algunos golpes, aprendí a hacerlo de forma verbal, con lo cual desarrollé un cierto cinismo y el arte de saber decir alguna "bordería" con toda la elegancia del mundo y, no por ello, ser menos que cualquiera de mis contrincantes masculinos. Tengo que dar gracias por haberlo aprendido; para mí, es más fuerte la pluma que la espada y, en este mundo que nos movemos, es más fuerte la palabra.
A medida que fui creciendo me di cuenta de las ventajas que tenía ser mujer; pero realmente alcancé el grado máximo de la ilusión de pertenecer al género femenino cuando escuché la palabra mamá; cuando pasé a ser la confidente, enfermera, payasa, compañera de sueños y de juegos, bruja, y apoyo de mi hija.
Suelo meterme con mi pareja y mis amigos hombres diciéndoles aquello de que no saben hacer dos cosas a la vez; bueno, saber saben, pero no las hacen bien.
Aunque lo que más recuerdo es un día de verano conduciendo por las calles de Huesca: las aceras abarrotadas de gente y yo a lo mío, que en ese momento era conducir mientras cantaba (dos cosas bien hechas); de repente, un hombre se puso a cruzar la calle por donde no debía y tuve que pegar un frenazo para no atropellarlo. El hombre en cuestión se quedó petrificado, al igual que yo, y su única "disculpa" por lanzarse a la calzada de aquella manera tan irresponsable fue: "Mujer tenía que ser". No sé si estuvo bien o no la contestación que le di sacando la cabeza por la ventanilla del coche, bajada por el calor:  "Y a ti quién te parió, ¿una vaca?", pero creo que fue el día en que más personas me han aplaudido, tanto hombres como mujeres.
Agradezco pertenecer al sexo femenino, con sus pros y sus contras; con las veces que no me han dado un trabajo porque "podía quedarme embarazada", porque para muchos soy "el sexo débil", porque algunos pueden creer que "soy una histérica o estoy con la regla". Todo esto me hace ser más fuerte y saber que, en mis  "batallas" frente a algunos hombres, mis palabras van a ser más fuertes que sus puños. 

sábado, 12 de noviembre de 2011

NO SE LO DIGAS A NADIE

Cuántas veces habremos empleado esta frase y, sin embargo, somos nosotros los primeros en hacerlo.
Recuerdo en la serie de televisión sobre la vida de Santiago Ramón y Cajal cuando le dicen que le han concedido el premio Nobel, y él acude a su mujer y  dice: "No se lo digas a nadie, pero nos han dado el Nobel". 
No sé si esa frase es ficción o realidad, pero si ese algo fue tan público, ¿qué ocurre con las cosas que comentamos para después añadir esta coletilla?.
Podemos creer que es una frase de niños y sus juegos, pero sería engañarnos a nosotros mismos. Siempre hay algo, ya sea de nuestra propia vida o de la vida de otros, que queremos comentar con alguien, y es entonces cuando empleamos la dichosa frase.
Creo que de niños es una frase sin maldad, los niños no la tienen. ¡Cuánto deberíamos aprender de ellos!. 
En nuestras palabras y, sobre todo, si nos referimos a algo malo de otra persona o que le puede perjudicar, siempre comenzamos nuestro relato con "no se lo digas a nadie".
Desde hace unos meses y, tras una serie de circunstancias que no vienen a cuento, he decidido no volver a emplear esta maldita frase. 
Lo que quiera decir lo diré y si la persona a la que se lo he dicho quiere trasmitirlo, que lo haga. A decir verdad, desde el momento en que empleamos la frase, sabemos que, en breve, va a estar en boca de muchas personas.
No puede condicionar a nadie a expresar lo que quiera; para eso prefiero quedarme callada.
No hay un bien más preciado que el silencio pero, entre tú y yo, esto, no se lo digas a nadie.

viernes, 11 de noviembre de 2011

EL TRABAJO MÁS DIFÍCIL DEL MUNDO

De pequeño no pensaba que cuando creciera me dieran tal responsabilidad.
Nací en una familia normal y corriente; la única excepción es que tuve un hermano gemelo.
Desde pequeño vieron que yo era muy despierto, que sabía permanecer atento a aquello que se me explicaba, que procuraba ayudar a los demás, en resumen, que era muy "avispado".
Conforme fui haciéndome mayor me fueron inculcando cuales serían mis labores en un futuro. Al principio era un juego y a mí me divertía; poco después me di cuenta que aquello tenía mucha responsabilidad. Muchas veces pedía que me cambiaran de clase, que no quería seguir estudiando aquello tan complicado; pero mis peticiones cayeron en saco roto: había nacido para eso y tenía que hacerlo.
Muchos días llegaba a casa llorando y suplicándole a mi padre que no me hiciera volver al día siguiente, que cuando terminara mi preparación no sabría desempeñar mi trabajo, que no quería que la vida de los demás estuviera en mis manos. Mi padre intentaba convencerme diciendo que estaba en una buena escuela, que no iría a trabajar hasta que se dieran cuenta de que estaba bien preparado para ello; pero no me consolaba.
Pasó el tiempo y con él llegó el final de mis estudios. Llegó el día en que tuve que enfrentarme a mi trabajo; me acompañó un "veterano" en la materia y, aunque parezca mentira, no me pareció tan difícil.
Durante unos meses estuve siempre acompañado hasta que me aprendí cómo funcionaba todo, dónde debía ubicarse cada uno y lo que tenía que hacer.
Por fin llegó el día en que tuve que ir yo solo a trabajar, me coloqué en mi sitio y poco a poco fueron llegando. Al principio de uno en uno, pero yo sabía que, en horas concretas, aquello sería un hervidero. Procuré no ponerme nervioso y me dije a mí mismo que podría hacerlo, que estaba preparado.
Llegó el momento que había esperado y odiado: cientos y cientos, todos a la vez, cada uno en una dirección; y ahí estaba yo, en medio de todo procurando poner un poco de orden.
Pasó el rato y me quedé solo; me di cuenta que ninguno había resultado dañado y que todos habían partido hacia sus destinos sin ningún problema.
Desde aquel día no me da miedo ir a trabajar, todo lo contrario, me siento orgulloso de tener el trabajo más difícil del mundo: dirigir el tráfico del cielo a mis congéneres los pájaros.

jueves, 10 de noviembre de 2011

SOY CHULO Y ME ENCANTA

Todas las mañanas me pongo hasta las orejas de desayunar, sé que me espera un día largo.
Procuro adecentarme lo mejor que puedo, pero alguno de los pelos se revuelve y no para hasta que, mojándolo consiga que vuelva a su sitio.
Siempre nos vamos los dos juntos a trabajar. Nos gusta ir de la mano. Y, desde el momento en que pisamos la calle, me hincho como un pavo y me pongo todo tieso para que la gente me vea bien.
No lo puedo evitar, me gusta que la gente se me mire, que susurren lo elegante que voy andando por la calle, lo bien que voy,…
Parece una tontería pero a mí me hace feliz.
Caminamos, más o menos, un cuarto de hora hasta llegar al trabajo. Respetamos todos los semáforos y cruzamos siempre por los pasos de cebra; es civismo y ganas de decir: si están las normas, hay que cumplirlas.
Cuando llegamos al trabajo me suelta de la mano y se dirige a su mesa. Yo me voy a mi sitio y permanezco ahí hasta que llega la hora del café; entonces volvemos a salir juntos y yo, vuelvo a lucirme en todo mi esplendor.
No suelo tomar café, no me gusta tomar nada entre horas, en todo caso, un poco de agua.
A las tres de la tarde terminamos y volvemos a casa. Yo muy tieso, elegante, servicial.
Me gusta mi trabajo, aunque sólo se limite a eso, a pasear. Sé que soy muy importante para mi pareja, que sin mí le sería difícil enfrentarse al mundo.
Soy chulo y tengo motivos para serlo, soy un perro lazarillo y me encanta serlo.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

NO ME ARREPIENTO

Cuántas veces nos hemos planteado ayudar a los demás de forma altruista, pero por una cosa o por otra lo hemos ido dejando.
Este verano tuve la ocasión de ayudar a una persona a la que le tengo muchísimo aprecio, a pesar de que las circunstancias hagan que, actualmente, no exista ninguna relación entre nosotros.
Doy gracias por el momento en que se me ocurrió emprender la labor de ayudar a esa persona; por el tiempo que no tenía y me inventé para buscar una mano amiga, solidaria, que aportara algo de caridad para una buena acción.
Fue un mes hermoso. Ver la cara de esa persona alegrarse a medida que le comunicaba que llegábamos al fin de nuestro objetivo. Ver a una ciudad unida ante unos desconocidos que luchaban por un objetivo común. Y por fin, ver el sueño conseguido.
No me arrepiento de las horas doce horas diarias que estuve delante del ordenador pidiendo ayuda, horas que perdí de trabajo, de atender a los míos, de dar la cara públicamente (algo que nunca me ha gustado). Mi sueño se consiguió gracias a la colaboración de muchísimas personas.
Ese sueño se transformó en pesadilla cuando comenzaron a surgir acusaciones contra mí y contra la persona que más quiero en el mundo; cuando se nos tachaba de buscar nuestro beneficio, cuando después de “perder” un mes de mi vida se había conseguido lo esperado.
No puedo decir que nunca más volveré ayudar a nadie, porque es algo que no va con mi forma de ser y de pensar; pero sí que elegiré mejor quién se merece mi ayuda y quien no.
Sé que no debería hablar de este tema, pero hoy varias personas me lo han recordado y pedido; las heridas están cicatrizadas; el dolor por las palabras que he oído y leído ha pasado; la sonrisa y no el llanto están presentes en mi cara.
TODOS debemos ayudar, TODOS debemos tender una mano a quien la necesita y olvidar los mordiscos que esa mano nos ha dado después; al fin y al cabo, somos nosotros los que SALIMOS GANANDO: nuestra conciencia está limpia y nuestro corazón lleno de alegría.
¡Ayudemos a los demás!, quien sabe si algún día nosotros también lo necesitaremos. Te quiero M. Nunca nos arrepentiremos.

martes, 8 de noviembre de 2011

MI DEBATE PREFERIDO

Sinceramente, y sin ganas de meterme en el mundo político, cosa para la cual no sirvo y tampoco me apetece, me resultan mucho más gratificantes los debates entre mi hija de ocho años y sus amigos.
Ellos también hablan de cifras: de los cromos que tú tienes y yo no, de las veces que has ido en el patinete que han sido más que las que he ido yo, de las notas que he sacado en un control,…
También hablan de “delincuencia”: porque fulanito me ha pegado o menganito me ha dado un pellizco y yo no le he hecho nada. En este segundo aspecto lo más probable es que mientan, pero ¿quién no lo hace para encubrise?.
Hablan de sanidad: a mí no me gusta ir al médico porque me hace daño; pues a mí sí porque me regala el palito con el que me mira la boca, …
Hablan de desempleo: mi papá está en casa porque no va a trabajar, pero así me ayuda con los deberes y, además, no me gusta comer en el cole y prefiero hacerlo con ellos.
Hablan de pensiones: mi yayo me da monedas de las pequeñitas para que me compre chuches y me dice que cuando sea más mayor me dará de las “gordas” para que me compre otras cosas.
Hablan de inmigración: en mi cole hay un niño que tiene la piel marrón y dice que viene de un país que está muy lejos, pero yo no me lo creo, porque no se puede venir de tan lejos siendo tan pequeño.
Creo que estos pequeños mocosos debaten todos los días y, lo mejor de todo, es que entre ellos arreglan sus propios problemas; pero el problema surge cuando se mete un adulto entre ellos.
¡ Qué discutan los niños, que tengan sus debates, que solucionen sus problemas ¡ Tiempo tendrán de hacerlo en la “vida real”.

BUENOS MOMENTOS


He vuelto a esa casa en la que aún viven todos mis recuerdos; esa casa en la que fui feliz; esa casa en la que siempre había gente. Y ahora está vacía.
El olor permanece: las tortitas de pan de mi tía, la colonia de mi bisabuelo después de afeitarse, la leña apilada para ponerla en el hogar.
En mi cabeza permanecen muchas más cosas: toda una infancia de buenos recuerdos, de una gran familia unida.
Las imágenes en mi mente se remontan a mi bisabuelo con su bastón y sus gafas con un cristal ahumado, con su faja negra y su boina; mi bisabuela, pequeña, frágil, pero con una fortaleza que ya nos gustaría a muchos tener, despellejando conejos en el corral y diciéndome que no mirara, sabiendo que entre mis pequeñas manos apoyadas en la cara, mis ojos se asomaban entre los dedos para contemplar tan macabro pero a la vez excitante espectáculo; mi abuela, viuda apenas tres meses después de casarse y que vivía por y para su familia,…
Tantas y tantas cosas que los arreglos de la casa no han conseguido hacer desaparecer. Tantos días de juegos en el corral con mis hermanos viendo a mi bisabuelo, plantado en el camino del pozo para que ninguno nos acercáramos. Tantos domingos de volver a casa, oyendo el fútbol en el coche, sentada delante con mi madre, porque éramos muchos y había que distribuirse.
Fueron muchos los buenos momentos que pasé en aquella gran casa y que vivirán para siempre conmigo; pero uno estará por encima de todos; uno que yo vivo en estos momentos: las largas conversaciones de mis bisabuelos entre ellos.
Tengo la suerte de poder conversar con mi pareja, de hablar de todo y de nada y, ante todo, de saber escuchar y que me escuchen.

lunes, 7 de noviembre de 2011

SOY LA MÁS ALTA

¡Menos mal que no tengo vértigo!
Desde estas alturas puedo tener más cerca el sol y, en verano, me gusta como sus rayos me calientan, aunque algunos días el calor es insoportable; pero me da vida.
No sabría decir si me gustan más los días de sol o los de lluvia, incluso podría plantearme si los días de niebla me gustan.
Cuando llueve me agrada estar aquí arriba. El agua cae directamente sobre mí, soy la primera que se moja y, la verdad, después del verano que hemos pasado con tanto calor, tenía ganas de que lloviera y de refrescarme un poco.
Los días de niebla son días de “intimidad”. Estando en lo alto me camuflo de la gente que pasa por debajo y no me puede ver; la niebla me oculta de todos y es entonces cuando bailo, cuando me puedo mover libremente. Si lo hiciera los días de sol, se me mirarían y pensarían que estoy loca o que algo raro sucede.
Hoy tengo miedo. Hace aire. Nunca me ha gustado. Siempre he creído que el aire me tiraría, que caería al suelo desde esta altura y moriría.
Hoy es el día. Me he hecho vieja. Ha llegado el otoño y sé que el aire me va a tirar y que la caída va a ser mortal.
Dejaré de estar aquí arriba y en mi descenso hasta el suelo me iré despidiendo de todas mis compañeras. Como estoy la más alta les podré decir adiós a todas y, al llegar al suelo me despediré del mundo.
He tenido la suerte de disfrutar de las vistas, aunque también he visto cosas que no me gustaban; pero si volviera a nacer en este árbol, volvería a elegir ser la hoja más alta.

domingo, 6 de noviembre de 2011

QUIERO SER UN PAYASO


 El circo es uno de los espectáculos que menos me gusta. Sí que me atraen los trapecistas, los acróbatas; pero si hablamos de los animales y los payasos, la cosa cambia.
He ido una vez al circo en toda mi vida y aún recuerdo cómo todos los niños se reían del payaso, mientras yo lloraba y mi pobre abuela intentaba consolarme.
Con el paso del tiempo descubrí que mi llanto se debía a que una persona estaba haciendo el ridículo, mientras los demás se mofaban.
¡Qué sentimiento más extraño es el ridículo!. ¿Quién no ha tropezado en la calle y ha avanzado unos metros como un pato antes de caer al suelo? ¿Quién no ha estornudado en el momento más inoportuno y de su nariz ha colgado alguna vela?.
Situaciones que nos han ocurrido a todos y que, con toda seguridad, se repetirán a lo largo de nuestra vida.
No es éste el ridículo al que yo me refiero, es el que nos ponemos nosotros mismos; el que hace que nos veamos feos, gordos y nos sintamos inferiores a los demás; el que provoca que nos callemos en una tertulia por el miedo al “qué dirán” cuando yo exponga mi opinión; el que nos hace no entablar una conversación con alguien por temor a que piense que busco algo más que pasar un rato distendido.
Realmente nuestro ridículo, ése que nosotros mismos creamos y que es completamente infundado, es el que nos convierte en payasos; el que no nos deja quitarnos el maquillaje de la eterna sonrisa y dejar ver nuestro verdadero rostro.
Quiero ser un payaso; quiero quitarme la careta y mostrar mi cara limpia sin miedo a que nadie se ría de mí; quiero ser la primera que se carcajee con mis propias acciones, porque serán mías, las que yo he decidido hacer o decir, no aquellas que los demás esperan de mí.

sábado, 5 de noviembre de 2011

DE NIÑA SOÑABA

DE NIÑA SOÑABA

Cuantos sueños se quedan en el camino. Cuantas ilusiones de algo que hemos empezado alguna vez y se han quedado en eso: en un comienzo.
Cuando ya llegamos a una edad un poco “respetable” esos sueños que dejamos abandonados vuelven y como casi siempre hay un pero.
Nunca aprenderemos a tocar ese instrumento del que una vez quisimos ser virtuosos; nunca viajaremos a ese país que nos atraía como un imán; todo lo haremos mañana.
Sin embargo, hay sueños que nunca tuvimos y que ahora son realidades.
Mi madre me decía: “Como no se te endurezca el corazón, que mal lo vas a pasar”. ¡Qué razón tenía!. Creía que con el tiempo el corazón se iba a endurecer, que mis deseos infantiles de tener una casa enorme para que se metieran en ella todos los pobres iban a desaparecer.
No puedo cumplir ese sueño de niña.  No puedo cumplir muchos sueños de niña.
Pero ahora hay realidades: personas que nos han necesitado en un momento determinado y a las que hemos podido ayudar sin esperar nada a cambio; aprender cosas nuevas cada día que aportan algo a nuestras vidas; disfrutar de lo mínimo y hacerlo con una sonrisa.
Nunca de pequeños nos planteamos esos sueños; nunca pensamos que existieran esas realidades.
De niña soñaba con que vinieran los Reyes Magos y me trajeran regalos. Ahora vienen cada día: en forma de salud, de trabajo, de familia, de amigos, de tantas y tantas cosas que nos rodean y a las que no damos importancia y que, realmente, son los mejores presentes que nos da la vida.
No pienso abandonar esos sueños que un día tuve: ayudar a la gente, procurar alegrar la vida a los demás y seguir soñando.

viernes, 4 de noviembre de 2011

ESPERO QUE ME DEJE


Está enfermo y viejo, pero me espera.
Siempre he querido cogerlo y que en mis manos comenzara a llorar o a reír.
La vida ha ido pasando y sigue ahí, esperándome. Lo abandoné por otro, sé que no le importó, pero en aquel tiempo era muy cara su curación y no había dinero en casa.
Tuvo otra pareja antes, pero una maldita guerra hizo que tuvieran que separarse muy pronto y, desde entonces, permaneció sólo. Estaba en manos de su compañero cuando éste murió y ahí fue cuando comenzó su decadencia. Nunca más volvió a llorar o a reír. Permaneció callado. En casa nos imaginábamos cómo debía ser su voz; cómo su compañero le habría hecho hablar y expresar todos sus sentimientos; pero ninguno de nosotros supo volver a hacerlo.
Quizá fue la pena de ver como su ser más querido caía por una bala perdida y se iba para siempre de este mundo.
Desde que yo recuerdo, siempre estaba tapado con una manta verde, tan vieja y decrépita como él; pero nunca había querido una nueva. Aquella manta era con la que él lo arropaba cuidadosamente.
Espero que aún tenga fuerzas para decirme algo; que me deje acariciarlo como hacía mi abuelo; que me perdone por haber aprendido a tocar al piano y dejarlo a él porque en casa de mis tíos ya había un piano y no había que gastar dinero; que me susurre las confidencias que le hizo mi abuelo antes de morir; que me deje que lo lleve a un sitio donde lo puedan curar.
Espero que el violín de mi abuelo me deje que yo lo toque y que, juntos, reemprendamos un bello romance interrumpido.

jueves, 3 de noviembre de 2011

HABLAR O DECIR


Cuando era pequeña me dijeron en el colegio: “Señorita, si estudiara tanto como habla mejor le irían las cosas”; indudablemente me callé, no por aquella frase que no comprendía, sino por el miedo al castigo. En aquel entonces y con siete años aquello no supuso nada para mí, pero ahora sí. Una vez que estudié lo que tenía que estudiar, no sin muchas discusiones con mis padres sobre mis inquietudes, mis aspiraciones y mis planes para el futuro, llegó el momento de, por fin, poder hablar.
Craso error: comencé mi época laboral en una oficina de la empresa privada y, como persona habladora que soy por naturaleza, intenté entablar relación con mis nuevos compañeros. Nadie me devolvía la palabra, nadie abría la boca  y me lanzaban miradas que después se dirigían a mi jefe. Comprendí que tampoco podía hablar, así que me dedicaba a comer caramelos para poder soportar esas terroríficas horas en la que, ni tan siquiera un “buenos días”, era bien visto.
Entendí que aquello no era lo mío. Que yo necesitaba un trabajo en el que poder relacionarme con mis compañeros, cumplir con mi obligación, pero tener algún momento distendido para compartir cualquier inquietud o problema y, de paso, quitarme los kilos que había ganado con tanto caramelo.
Encontré mi sitio en el mundo de la docencia: “puedo hablar”, me dije; es un mundo que me gusta, es más, creo que no podría dedicarme a otra cosa. Y sí, estoy todo el día hablando; hablo tanto que a veces me duele la garganta; hablo en otros idiomas, hablo en el mío y me escuchan.
Lo malo viene cuando salgo a la calle, cuando tengo que enfrentarme a la gente, cuando no es una lección lo que tengo que explicar.
Entonces no puedo hablar, tengo que decir, y eso es más difícil. Por una parte no quiero decir lo que los demás quieren oír, pero hay ocasiones en las que no queda otro remedio, es entonces cuando hablo. Cuando estoy con la gente que me aprecia como soy, no hablo, digo y me escuchan, me rebaten, y , sinceramente: me encanta.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

CUANDO YO ERA ÚTIL


¡Cómo han cambiado los tiempos!. Entonces yo era útil, la gente me buscaba y eran muchos los que agradecían mi presencia en un momento determinado de sus vidas.
Ahora me he hecho mayor, demasiado mayor, y me encuentro en un mundo en el que todo gira en torno a la tecnología y no puedo enfrentarme a ella, a pesar de que me gustaría.
Cuando era joven acudían a mí personas de todas las edades, clases y condiciones; esperaban que yo les diera buenas o malas noticias; que hubiera una palabra amable, algo que les hiciera sonreír; esos días me gustaban, sólo daba alegrías y los veía alejarse con los rostros felices. Pero también había días en los que incluso llegaban a golpearme, porque era portadora de malas noticias; yo era simplemente la mensajera, pero sus penas y resentimientos recaían sobre mí.
Conforme me fui haciendo mayor, la gente de mi alrededor comenzó a cambiar: los jóvenes se burlaban de mi presencia y, algunos, me llegaron a pegar, simplemente por el hecho de ser más vieja y estar en un lugar inadecuado y en un momento impreciso.
Qué hermosos los recuerdos de tiempos pasados en que yo era imprescindible para la mayoría; tiempos en que trabajaba, ¡toda mi familia trabajaba!.  Ahora quedamos pocos, la mayoría han ido desapareciendo con el paso de los años y nadie ha ocupado su puesto de trabajo.
No puedo luchar contra un mundo que evoluciona, que avanza rápidamente y que me relega a un segundo plano, a un ostracismo en el que me siento vieja y olvidada. Nunca pensé que éste sería mi destino.
De vez en cuando alguien se acerca a mí y cuando oigo su voz, vuelvo a recordar los tiempos de antaño; pero ocurre en muy contadas ocasiones.
Tengo ganas de que llegue mi final, de desaparecer para siempre y dejar de sufrir este abandono en el que me han obligado a recluirme. Ni siquiera  puedo trasmitir una pequeña información, algo, aunque sea publicidad. Me siento un bulto sospechoso que desentona en un mundo de personas solitarias.
Quiero que alguien se me lleve de aquí, que mi presencia desaparezca de una vez de esta calle en la que llevo toda mi vida. Nunca una cabina de teléfono como yo podrá vencer en una batalla al móvil;  nunca más volveré a ser útil.

martes, 1 de noviembre de 2011

ESE ANILLO

Hoy es un día de esos que te gustaría que no existieran. Todos llevamos en nuestro corazón y en nuestra mente a aquellos que ya nos han dejado y, si la pérdida es reciente, parece que nunca lo vayamos a poder superar.
No me gusta el día de hoy. No necesito que me recuerden que una de las personas más importantes de mi vida ya no está conmigo; lo hago todos los días, desde el momento en que abro los ojos.
Se me parte el corazón cuando veo a mi hija pequeña llorar porque quiere volver a darle un beso, porque ya no le sirve cuando decimos juntas: mamá viene de yayo y tú de mamá, tus manos son las de yayo; y nos abrazamos, cada una su propio cuerpo y sentimos su amor por nosotras.
Es difícil acostumbrarse a no poder llamarlo para darle una buena noticia, para tomar un café, para pedir un consejo, ... Es seguir creyendo que, tras varios meses, esto es una pesadilla de la que me voy a despertar.
Cada uno llevamos el dolor de una manera y, unos antes que otros, aprenden a vivir con él. Difícil tarea la que tengo: aprender a vivir con esto.
Se marchó mi consejero, mi hombro en el que llorar, mi confidente, mi contertulio, mi mayor crítico y mi mejor fan; se marchó rápido, sin hacer ruido, igual que había vivido. Una vida intensa y plena, sin una palabra mala para nadie, sin ningún rencor.
Se marchó cuando se dio cuenta que ya no lo necesitaba, que mi vida se había encauzado y era lo suficientemente adulta como para poder vivirla sin su ayuda. Pero lo sigo necesitando todos y cada uno de los días, le sigo pidiendo consejo y sigo cogiendo el teléfono y me quedo absorta mirando su número, aún guardado en mi lista de contactos, contándole mis alegrías y mis penas.
No hay consuelo que sirva, no hay palabras para expresar el dolor porque hasta las palabras duelen.
Seguirá viviendo en mí, en todo aquello que haga; en mis alegrías y en mis tristezas, en mis éxitos y en mis fracasos y, cuando tenga una duda y quiera su consejo, le daré vueltas a su anillo, ése que colocó en mi dedo diciéndome: "Guárdamelo hasta que vuelva a casa", ése que beso todos los días, ése que mi hija acaricia, ése que nunca podré devolver a su dueño.

lunes, 31 de octubre de 2011

UN DÍA DE CINE

Sería maravilloso poder vivir un día eligiendo los trozos de las películas que nos han gustado y siendo los protagonistas.
Veinticuatro horas huyendo de nosotros mismos, de todo lo malo que nos rodea y dejándonos llevar por la magia del cine.
Si pudiera hacerlo creo que esas veinticuatro horas serían poco tiempo.
Me levantaría por la mañana y tendría un "Desayuno con diamantes" , comiendo unos bollos delante de Tiffany's, escuchando "Moon river" como música de fondo.
No habría que cambiar de vestuario. Con un clic de dedos me trasportaría a otra película.
No habría horarios: ni mañana, ni tarde, ni noche. Sería un día sin horas. Podría ponerme una "Esencia de mujer" y pasar de bailar un tango con Al Pacino a proyectar películas con Alfredo en el "Cinema Paradiso".
Me pasearía en moto con Gregory Peck teniendo unas maravillosas "Vacaciones en Roma" o bailaría con un hombre en un país perdido en el oriente, como si  fuéramos  "Anna y el rey".
Habría tiempo para todo: para irme a "La misión" y escuchar un oboe en medio de la selva, para ser uno más de "La lista de Schindler" y darle el anillo fundido con el oro de las muelas, para navegar en un velero con "Un toque de infidelidad"...
Iría al teatro a escuchar de boca de "Cyrano de Bergerac" sus críticas contra los actores y me reiría con las meteduras de pata de Peter Sellers en "El guateque" al que me habrían invitado.
No creo que me metiera en un submarino, por aquello de la claustrofobia, pero el cine es magia, sueño,.. y podría navegar con Sean Connery en el "Octubre rojo".
Cogería el "Polar Express" y volvería a ser una niña para visitar a Papá Noel o sería "La princesa prometida" con la que todas hemos soñado.
Bailaría la laendler y cantaría en las montañas mientras mi cara se llenaba de "Sonrisas y lágrimas" y, cuando el cielo se llenara de nubes, chapotearía "Cantando bajo la lluvia".
Me perdería por las calles junto al "Mercader de Venecia" o mis pasos se dirigirían a un edificio concreto para subir a una azotea y así tener "Algo para recordar".
Tantos y tantos momentos que han pasado por delante de nuestros ojos. Tantos sueños que hemos querido que se conviertan en realidad. Tantas imágenes que han quedado grabadas en nuestra mente. Tanta magia que nos proporciona el cine y que hace que, tras ver una película, podamos decir: Sí, "La vida es bella".

sábado, 29 de octubre de 2011

EL OLOR DE LOS LIBROS

Los que somos de mi generación (cuarentones) o de otras anteriores y hemos vivido en Huesca recordaremos la librería Aguarón. Aquellos suelos de madera que crujían bajo nuestros pies y el olor....
De pequeña me gustaba bajar a la librería y, como era conocida, me dejaban esconderme debajo del mostrador y pasarme horas sentada viendo cuadernos en blanco, pasando las hojas vacías,  pero oliendo.
Cuando me dejaban algún libro era maravilloso: poder pasar las hojas como un abanico y respirar aquel aroma que salía de ellas. Creo que escasamente sabía leer, pero disfrutaba con ello. Al llegar la hora de cerrar la tienda me acompañaban a la cercana casa de mis padres y yo soñaba con que llegara el día siguiente para volver a bajar, aunque mis padres insistieran en que no fuera tan pesada.
Siempre ha sido uno de mis sueños: tener una librería. Pero una especial, en la que yo sería la dependienta y la clienta. No vendería nada, sería incapaz de desprenderme de todo eso.
Hablando con un amigo hemos llegado a la conclusión de que, más tarde o más temprano, nos tendremos que rendir a la tecnología y deberemos comprar un libro electrónico.
Un día probé uno. La verdad es que resultan cómodos: facilitan el tamaño de la letra, se pueden hacer anotaciones... como siempre hay un pero: No tienen olor.
Hay cosas maravillosas en el mundo y, una de ellas, es el olor de los libros. Comprar un libro y abanicarse con sus hojas despierta miles de sensaciones; hace que nos interesemos por su lectura y cuando llega la hora de cerrarlo porque hemos terminado su lectura, volvemos a olerlo: conserva su aroma, no el de nuestras manos.
Los libros viejos que se van cayendo a trozos, que tienen las páginas amarillas por el paso del tiempo, que mezclan éste con el polvo y la humedad.... son seres con vida. Han padecido los años vividos, el uso que se les ha dado y, algunos, el abandono en algún desván o trastero. Me asombra coger un libro en la Biblioteca y, sabiendo que lo han tocado página por página decenas de personas, siga manteniendo su olor.
No puedo decir que no caeré en las garras de la tecnología y terminaré por tener un libro electrónico, pero seguiré conservando mis libros y, de vez en cuando, pasaré sus páginas, cerraré los ojos y seguiré soñando con mi inexistente librería. Creo que ningún perfume me gustará tanto como el que desprende un libro.

MI OTRA FAMILIA

Desde pequeña me gustaba ir al trabajo de mi padre o de mi madre a verlos. Todo el mundo me conocía, sabían a quien iba a ver, me preguntaban qué tal me iba en el cole y podía esta un ratito con mis padres sin que nadie me dijera nada.
Tiempos que ya pasaron, pero no sólo para mí, para todo el mundo que trabaja: no existe esa familiaridad que había entonces, incluso casi ni conoces el nombre de la persona con la que pasas gran parte del día.
Yo tengo suerte, muchísima suerte. En mi trabajo somos una familia. Sabemos las inquietudes de los demás, nos alegramos de las buenas noticias y compartimos las tristezas. Nuestros hijos vienen al trabajo a buscarnos y los compañeros les preguntan por su día en el cole. Y nunca falta un beso o una sonrisa a los pequeños.
Ayer estuvimos cenando juntos y salí a fumarme un cigarro; a través de los ventanales los miraba y me sentía orgullosa de pertenecer a aquella "familia", de haber tenido el privilegio de ser aceptada y saber que podía contar con todos y cada uno de ellos en cualquier momento.
Hablamos de todo: de los hijos que están creciendo, de los que están en camino, de nuestros sueños y anhelos, de nuestras preocupaciones, ... Nadie estaba por encima de nadie; nadie era el jefe; simplemente éramos una familia celebrando un cumpleaños, unos estudios terminados, un nuevo miembro por venir, un futuro libro,...
No faltaron bromas, chistes y reír metiéndonos unos con otros sin ningún afán de hacernos daño, sino de recordar esa palabra o ese gesto que nos hace soltar una carcajada y nos convierte en cómplices.
M, L, C, A, G, W, B y P: la hermosa familia a la que pertenezco.
Me siento feliz, porque aquellos tiempos que se fueron, han vuelto; porque tengo trabajo; porque con sólo mirar la cara de tu compañero sabes cómo se encuentra cada día; porque en mi trabajo hay grandes profesionales que se esfuerzan por hacer bien su labor y lo hacen con ilusión; pero sobre todo, porque en mi trabajo hay personas.
Gracias a todos ellos.

viernes, 28 de octubre de 2011

¡ NO QUIERO SER JOVEN OTRA VEZ !

Recuerdo que cuando era más joven me llamaban "la sonrisas". Era bonito.
Entonces no había una casa que mantener, un trabajo que cumplir y una niña a la que educar.
Eran años de estudiar en la Facultad, de estar con los amigos, de salir de marcha, de no preocuparse por llegar a fin de mes,...
No siento pena por hacerme mayor y cumplir años. Cómo a la mayoría de las personas, me gustaría volver a esa edad, pero sabiendo lo que sé y con la experiencia que da la vida:
Probablemente volvería a la misma Facultad, los mismos estudios y con la misma gente (cambiaría a algún profesor, eso sí); sabría distinguir entre amigos y conocidos; saldría de marcha y mi cuerpo no me lo estaría recordando durante una semana, y procuraría distribuirme la "paga" de mis padres de otra manera,...
Pero, ¿todo lo que ya he vivido?. No ha sido un camino de rosas, para nadie lo es, pero acepto mi vida, con lo bueno y con lo malo.
Ahora me faltan personas que vivieron mis años de juventud y fueron muy importantes en mi vida, creo que las más importantes; pero existen otras, más bajitas, que nunca ocuparán su lugar, pero podrán llenar el vacío que dejaron.
Distingo entre conocidos y amigos, y a todos los aprecio (así me va), pero a los últimos por supuesto mucho más.
No me llama el salir de marcha, prefiero una buena tertulia con personas que puedan aportar algo a mi vida.
Y a fin de mes, todos llegamos, de una manera o de otra, por lo menos vivos.
NO quiero volver a ser joven; quiero quedarme con la edad que tengo y disfrutar de cada día. Doy gracias por la experiencia que me han dado estos años: por lo que he aprendido, por la gente que he conocido, por lo que he reído y llorado, por los que se han ido y los que han llegado,.... Me niego a tener que volver a aprender todo de nuevo, a recibir las bofetadas propias de la vida, a sufrir cuando alguien se va; con una vez, es suficiente.
Lo único que no ha cambiado en mi vida desde aquellos años, es que procuro estar siempre con una sonrisa en la cara, quizá sea lo que sigue manteniendo mi espíritu joven.

jueves, 27 de octubre de 2011

MELENA AL VIENTO

Desde mi ventana puedo ver a la gente que va y viene por la calle.  
Todos los días laborables y, a la misma hora, veo pasar a los mismos, entre ellos a un gran amigo.
Veo a los adolescentes que van al instituto y a los pequeños que van al colegio; en seguida se adivina quién tiene hoy examen: los apuntes en la mano y dando un último repaso, o quizá el primero.
Un señor ciego va con su perro al trabajo y me admira la seguridad con la que camina: paso firme y decidido confiando en la ayuda de su peludo amigo.
Me llama la atención ver a las niñas adolescentes que parecen sacadas de una revista en la que sólo hay una forma de vestirse y peinarse: la melena larga y lacia tapando parte de la carta, las camisetas con la marca de alguna tienda, los pantalones vaqueros, las zapatillas de deporte tipo bota y la mochila colgando por debajo de donde la espalda pierde su casto nombre. Todas van iguales. Pero no son todas iguales.
Hay una niña con un pañuelo en la cabeza que, a la hora del recreo y cuando salen todos a almorzar, se sienta sola en un banco.
No lleva la melena al viento; lleva la cara descubierta y sus ropas son las propias de su país de origen.
Siempre está sola en un banco. Se come su bocadillo, toma el zumo y la veo que vuelve al Instituto.
No sé cómo será esta chiquilla, no conozco sus inquietudes ni sus anhelos, pero lo más probable es que sean los de cualquier niña de su edad. ¿Qué sentirá?,  ¿qué pensará al encontrarse sola?.
Me dan ganas de bajar y entablar una conversación con ella, pero ¿dónde va una cuarentona a hablar con una adolescente?.
¿Qué obligaría a su familia a marchar de su país y venir a una ciudad como Huesca? Probablemente nada bueno; simplemente la búsqueda de una vida mejor.
No quiero hacer un alegato a favor de las personas inmigrantes que vienen a nuestro país en busca de un futuro, ni tampoco dedicarme a exponer que ella se lo tiene merecido por no quitarse el pañuelo de la cabeza.
Simplemente quiero contar lo que veo: una chica en un mundo que no es el suyo; una adolescente que busca su sitio en una sociedad de melenas al viento; una joven que soñará con un futuro…

IR DE BODA: NO GRACIAS


Me pregunto qué sociedad estamos creando en la que un acontecimiento que, en teoría, debería ser de alegría para todos, nos crea un trauma.
Cuando un familiar o amigo conoce a alguien y comienzan una relación de pareja les deseamos toda la felicidad del mundo; ¡cómo cambian las cosas cuando deciden casarse y, lo que es peor, nos invitan!.
En conversaciones con los amigos nos alegramos cuando, al comenzar un año nuevo, decimos: "¡Qué bien, este año no tengo ninguna boda!".
La boda de un ser querido ya no es un día para disfrutar y alegrarse por el comienzo de la vida en común de dos personas, es plantearse desde el momento de ser invitados lo que nos va a costar: el regalo, la ropa (si eres mujer indudablemente no puedes repetir modelo), peluquería y, si para colmo es fuera de tu lugar de residencia, los gastos del viaje y el alojamiento.
Y llega el gran dilema: ¿cuánto dinero les damos?, porque ahora ya no hay listas de bodas como antaño; así que como mínimo nos tenemos que pagar el cubierto más un extra, lo cual añadido a los gastos anteriores, supone una gran bofetada a nuestra economía.
Todo son preocupaciones: el modelito de rigor, regalar la cantidad de dinero apropiada, buscar hotel,…… y para colmo, aguantar a gente que no soportas y que encima, ponen en tu misma mesa.
Si además te piden que tu hijo o hija sea paje o dama de honor, te tiras de los pelos: tienes que elegir un modelo que sabes que nunca le volverás a poner, por mil arreglos que le hagas, pero eso sí: “¡Qué mono está!”; al fin y al cabo para lucirlo treinta segundos y machacarlo después jugando.
Doy gracias a mis familiares y amigos por estar todos casados o no tener intención de hacerlo. Y a los que estén pensando en llevarlo a cabo, por favor, es un día para estar felices no para ser una pasarela de modelos o un negocio en pequeña escala.

miércoles, 26 de octubre de 2011

ESTOY GORDA Y?


¿Cuántas mujeres habrán escuchado la pregunta de: “estás embarazada”?. Pues no señores, estoy gorda.
Creo que también tenemos derecho a tener la llamada “curva de la felicidad”; nadie sabe si tengo una enfermedad, si tengo algún problema que me afecta físicamente; lo que la mayoría opina es que no llevo una talla 40.
Llega el cambio de temporada, tenemos que sacar la ropa de invierno y hasta debemos agradecer poder meternos dentro de ella, porque si no, llega el infierno: tener que ir de tiendas.
Y da comienzo nuestra odisea: llegar a una tienda, mirar el escaparate, ver lo que hay, si el precio nos convence y por fin, tener el valor suficiente para entrar.
Indiscutiblemente buscamos la talla XXL; ¡milagro!, existe esa talla; pero ahora viene lo peor: probarnos la ropa. ¿Quién cataloga las tallas?, ¿en qué cuerpo desnutrido, casi anoréxico, han marcado las tallas de la ropa?. Creo que no pido mucho: una talla 42 ó 44.
Salimos de la tienda con el ánimo por los suelos. Nos vemos el ser más abominable del mundo: las grasas campan por nuestro cuerpo a sus anchas y no hay manera de controlarlas, se han desbordado.
Siempre tenemos el consuelo de una amiga o de nuestra pareja que nos dice: “No estás gorda, lo que pasa es que ponen las tallas como quieren”.
¿Y eso es un consuelo? Me han llamado embarazada, la talla más grande de la tienda no me cabe y tengo que recurrir a comercios de ropa para personas más mayores y comprarme lo que no me gusta porque es lo único que me cabe.
¿Quién crea los cánones de belleza?, indudablemente no se pasea por las calles y ve cómo somos realmente.
Nos bombardean con dietas, con pastillas milagrosas y con cientos de productos que, a la postre, no nos dejan ser como realmente somos, si no que nos obligan a ser como los demás quieren que seamos.
Me gusta ser diferente; que de espaldas se me pueda distinguir del resto de la gente y no ser un muñeco más en manos de los diseñadores de ropa.
He decidido que me encanta estar como estoy; y a la pregunta de: “¿te has engordado, no?”, no hay mejor respuesta que decir: “Noooooo, me puse botox en los labios y se me ha bajado a la tripa”.

martes, 25 de octubre de 2011

OJOS GRISES

Viendo sus ojos llenos de lágrimas comprendí que había llegado el día.
Había estado contento hasta entonces y el azul de sus ojos reflejaba aquella felicidad inmensa que se contagiaba por todas partes, pero había terminado.
No podía evitar que todo el mundo le observara: unos con alegría, otros con tristeza. Algunos hasta deseaban verle llorar; su llanto era motivo de júbilo para ellos. ¿Cómo se podía ser tan cruel?.... No era crueldad, era egoísmo, algo muy común en el mundo.
Sin embargo, otros se entristecían con él; no sabían bien el porqué, pero cuando veían sus lágrimas, una profunda desazón se apoderaba de ellos. Intentaban animarse distrayéndose con las cosas más banales, pero sabían que él estaba fuera, en la calle, llorando.
Nunca nadie preguntó el motivo de su llanto y, creo que nadie lo hará.
No sé a que grupo pertenezco: si a los que se alegran o las que se entristecen. Sé que a él mi estado de ánimo le da igual, el mío y el de todo el mundo.
Cuando quiere llorar, llora y no da más explicaciones y nosotros, pobres humanos, soportamos sus lágrimas.
El azul del verano se ha ido; sus ojos, con el otoño, se han vuelto grises, un gris de nubes y lluvia, porque como oí una vez en una película: "El sol es nuestro padre y a veces se enfada y llora"

viernes, 21 de octubre de 2011

MI HERMANA

Doce años de diferencia parecen mucho, pero cuando uno es adulto no son nada.
Mi hermana y yo jugábamos de pequeñas, eso sí, algunas veces.
Nos gustaba coger la ropa de los mayores y disfrazarnos. En el pueblo era más divertido: podíamos bajar por las escaleras como grandes vedettes del Moulin Rouge y mamá miraba desde abajo cómo su ropa se transformaba: un vestido pasaba a ser un top, una falda se convertía en un turbante, y así hasta que le dejábamos el armario patas arriba.
Esperábamos el verano para estar juntas, para ir a la recién estrenada piscina del pueblo, para pasear hasta la estación, esa casa ruinosa que se caía en mil pedazos y aquellas traviesas llenas de hierbajos por los que hacía años que no pasaba ningún tren. Todas las tardes eran iguales; todas eran divertidas.
Cuando mi hermana comenzaba la adolescencia y yo ya me iba a marchar de casa, mamá se nos fue, el maldito cáncer se la llevó de nuestro lado. Creo que ahí fue nuestro último gran abrazo, en la puerta del cementerio, sin atrevernos a entrar, sin querer decir adiós a quien había unido nuestras vidas.
La vida y la distancia nos separaron. Nos juntábamos y recordábamos los días pasados. No había confidencias, no había secretos,....
Ahora las dos somos adultas. Las dos tenemos nuestra familia. Ahora volvemos a hablar, a recordar.
Somos dos mujeres que se han hecho mayores en la distancia y es en estos momentos, al ser adultas, cuando más hablamos. Sabemos todo la una de la otra. Los problemas se solucionan por teléfono. Las alegrías se comparten de la misma manera. Creo que nunca en nuestra infancia nos dijimos tantas veces "te quiero" como ahora.
No volverán las tardes de disfraces, de paseos, de baños; los hemos sustituido por las llamadas telefónicas, por las conversaciones eternas en el ordenador. Nos separan cientos de kilómetros de distancia, pero si cierro los ojos, la tengo a mi lado y le acaricio los rizos del pelo.
Es triste pensar en los años que no hemos estado más unidas; años que casi hemos pasado como desconocidas. Las dos sabemos que no los vamos a recuperar, pero lo que nos queda lo haremos juntas, en la distancia, pero unidas.
No es mi hermana. No tengo hermanas. Ella tampoco. Pero es mi pequeña, la niña a la que abracé en la puerta del cementerio, la niña que me imitaba, la niña a la que me atan lazos de sangre lejanos, la niña que fue, es y será mi tata.

jueves, 20 de octubre de 2011

¿MUERE LA INFANCIA?

Ayudando a mi hija con sus deberes vienen a mi memoria los recuerdos de una infancia para mí no tan lejana, aunque para ella yo sea muy mayor.
Las bajadas por el Paseo de la estación, con la única bicicleta que había en casa, hasta el "banco azul"; jugar al escondite en la plaza del "Cuartelillo" (toda una ventaja vivir ahí: como había Casa de Socorro subíamos a casa curados de nuestras heridas de guerra); no quedar con los amigos, simplemente salir y seguro que te encontrabas a alguien con quien jugar; esperar a que una de las madres saliera a la ventana y gritara: "la cenaaaa" y, fuera o no fuera nuestra madre, todos nos íbamos a cenar.
Es triste cómo han cambiado las cosas. Para que un niño juegue en la calle tiene que haber ojos de adulto vigilando, no por sus caídas o golpes, sino por el miedo a que alguien se lo pueda llevar. Ya no bajan a la calle sin que antes los padres lo hablemos y, por supuesto, nosotros también bajamos. Policías de paisano en los parques, padres y madres alerta como búhos en la noche. ¡ Dónde hemos llegado !.
Y la cosa es peor si nos quedamos en casa: consolas, televisión, .... Aún tenemos suerte si los dibujos animados que les gustan son educativos. Las princesas ahora llevan espadas, los animalitos son feroces y casi casi las brujas son buenas. Tenemos que jugar con ellos: al parchís, al monopoly, a muñecas, .... lo que sea.
No podemos ni debemos hacer que nuestros hijos revivan nuestra infancia, son tiempos felices que ya no van a volver, pero sí tenemos la obligación de que su infancia sea feliz, sobre todo, que sea infancia.
Es divertido volver a escuchar canciones como "Milikituli", "El cocherito leré" y liarnos las manos, oyendo sus protestas,  porque a mí ya se me ha olvidado cómo se hacía.
El ratoncito Pérez que viene a llevarse los dientes caídos, los Reyes Magos que traen regalos, el cumpleaños soplando las velas de la tarta,.... tantas y tantas cosas que no deben desaparecer, tantos momentos que guardamos en el corazón y en la memoria y que, con el paso de los años, nos hacen sentirnos felices y, en cierto modo, otra vez niños.
Dejemos que los niños discutan entre ellos, que expongan sus argumentos, que lleven la contraria a sus amigos. No nos metamos los adultos a decidir a quien le toca o no le toca "llevarla" si juegan al escondite. Enseñemos que "por favor" y "gracias" no son palabras tan difíciles de pronunciar; que no se niega un saludo; que los mayores merecen un respeto.
Que sean niños y que vivan como tales, tiempo tendrán de vivir la vida de adultos.

SOLEDAD

Me encontraba sola en una casa conocida, la mía.
Pensé que era por los malos momentos que había pasado, por mi situación actual y el futuro que me esperaba por la delicada salud de mi madre.
 Decidí salir a la calle a ver si me encontraba a alguien con quien poder hablar un rato y olvidarme de todos aquellos problemas que barruntaban por mi cabeza, y sí, me encontré a un conocido. Nos fuimos a tomar algo y estuvimos hablando durante un rato: nos pusimos al día de nuestras vidas; la verdad es que no habían cambiado mucho desde la última vez que nos vimos: mismo trabajo, mismas obligaciones, mismas diversiones, misma vida.
Cuando nos separamos me volvió a invadir la misma sensación de soledad, y no soy alguien a quien le guste ese sentimiento, así que entré en una tienda, sin ánimo de comprar nada, pero por lo menos estaría acompañada.
Vueltas y más vueltas entre todo lo que vendían. No hablé con nadie. Nadie me habló.
Llegué a casa, al rincón de la soledad, y estaba toda mi familia: mis padres y mis hermanos y hermanas. ¿Debería haberme alegrado de que estuvieran ahí, verdad? No; me sentí atrapada en un mundo que me agobiaba por momentos. Me preguntaba cómo mis padres habían podido tener tantos hijos; eso era una casa de locos. Yo no quería seguir los pasos de mi madre y tener un montón de embarazos. Pero era eso o la soledad.
Opté por refugiarme en la cama. Seguía pensando en que llegaría el día en que me dijeran que ya era lo bastante mayor como para seguir viviendo con ellos y me tendría que marchar a formar mi propia familia. Me aterraba la idea. Me tenía que hacer fuerte; buscar el valor que me faltaba para afrontar el futuro.
Y lo encontré: estaba dentro de mí. Me dije que yo era mi propio hogar, mi propia familia y que no necesitaba a nadie para vivir mi vida, al fin y al cabo nacemos y morimos solos, no era tan difícil vivir solos.
Aquella noche huí de casa sin decir nada. Intenté ser lo más sigilosa posible: entre tantos como éramos, alguno se podía despertar.
Cuando llegué a la puerta desplegué mis alas y eché a volar hacia la soledad y hacia la libertad, no quería ser la siguiente abeja reina.