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lunes, 12 de diciembre de 2011

CASAS DE CRISTAL

Me estaba acordando del primer día de clase de mi hija este curso.
Al salir le pregunté qué habían hecho, me contestó que les habían preguntado qué habían hecho en verano y ella, después de decir que había ido a la piscina añadió: "Mi mamá se duerme cuando suena la música de "Sálvame". Tuve que taparme la boca para que no me viera reír.
Le dije que había cosas que no se podían decir, que pertenecían a la intimidad de la casa.
En cierto modo es envidiable la actitud de los niños; para ellos no existen fronteras entre la casa y la vida en la calle, todo es un conjunto, todo forma parte de su vida y no hacen distinciones.
La vida es la que te se enseña a ser discreto, a no decir más allá de lo considerado "políticamente correcto", pero ¿quién marca esos límites?.
No voy a exponer ahora todo lo que ocurre en mi casa, porque eso es parte de mi vida y de la de mi familia, pero hay ocasiones en las que me gustaría gritar a los cuatro vientos las alegrías y las penas, los ratos de risas, las conversaciones,....
¿Qué sería de muchos si las casas fueran de cristal y se pudiera ver todo lo que ocurre en su interior?. Para algunos sería una liberación: podrían dejar de sufrir en silencio lo que ocurre dentro de cuatro paredes que son una cárcel; para otros sería que los demás descubrieran que realmente no son lo que son, que su casa es el camerino en el que vestirse para enfrentarse al qué dirán de la calle; para otros les daría lo mismo cómo fueran las paredes, ya que son exactamente igual dentro que fuera de ellas.
No me gusta preguntar a los demás sobre su vida; si tienen algo que decirme, ya lo harán y si quieren saber algo sobre mi vida yo seré la que lo cuente. Tampoco tengo nada que esconder; desde pequeña me enseñaron a ser en la calle como soy en casa.
Quizá por eso la vida golpea y hace daño, porque muchos seguimos creyendo que somos niños y, olvidándonos de la discreción impuesta por la sociedad, creemos que vivimos en casas de cristal.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

MI MALETA

Preparaba mi maleta con entusiasmo para emprender una nueva etapa de mi vida y la llenaba de ropa, de fotos, de cosas importantes para mí.
Recuerdos de hace años que vienen a mi cabeza, cuando recién dejada la adolescencia me trasladé a París.
Han pasado más de veinte años y sigo enamorada de la ciudad; sus edificios, sus calles, su olor y, sobre todo, ese ambiente bohemio que me marcó para siempre.
Recuerdos de una residencia de estudiantes en la que compartía alojamiento con chicos estadounidenses que me asombraban por su forma de ver la vida tan diferente a la mía.
Recuerdos de llamar a casa por teléfono cada semana, por supuesto a cobro revertido (algo que los jóvenes de ahora no sabrán ni lo que es) y escuchar la voz de mi padre diciéndome: "Ça va?".
Entonces no existía ni Eurodisney, ni el barrio de la  Defense. Era la ciudad ideal para vivir: un sitio en el que eras completamente anónimo; en el que pasabas los días entre clases y visitas a museos y monumentos, o simplemente, te dejabas llevar por las calles.
Recuerdos de pasear un día por esas calles y escuchar desde un balcón "Islas Canarias" y comenzar a llorar recordando lo lejos que estaba de los míos (siendo que nunca he estado en Canarias).
En esos momentos sentías ganas de volver a tu tierra, con tu gente.
Siempre se ha dicho que la tierra tira. A mí me tira París. Volver a perderme en sus calles, volver a ver los puestos en la orilla del Sena, volver a los Bistrot del Barrio Latino, volver a sentirme bohemia en un ambiente en el que no desentono y, aunque lo haga, nadie me dirá nada.
Sigo soñando con el día en que pueda regresar y esta vez para quedarme. Al fin y al cabo lo que nos ata a nuestra tierra son cosas materiales: nuestra casa, nuestro coche,... Lo que realmente importa es lo que pongamos en la maleta de nuestro corazón y de nuestros recuerdos. Nuestro hogar somos cada uno de nosotros y nuestras riquezas son nuestros valores como seres humanos.
Tengo la maleta preparada. Esta vez no pesa nada. Simplemente llevo una foto de las personas que me dieron la vida. Las tres personas que formamos mi familia nos iremos juntos. Todo lo demás lo llevo en mi corazón y en mi cabeza. No sé dónde nos llevarán nuestros pasos. Quizá París sea esa felicidad que sigo buscando. Esperaré a que llegue el día en que pueda partir...