Cuando eres padre o madre y tienes hijos, de vez en cuando pasas más allá de la frontera del patio de recreo en el que los dejas y los recoges, para adentrarte por los pasillos y acudir a tutoría con el profesor.
Una vez que dejas ese patio, en el que te apetece volver a correr y a jugar con ellos, te sumerges en los pasillos con puertas a un lado y un pequeño cartel en cada una de ellas indicando a que curso corresponden.
Hay algo que te hace volver a tu infancia y volver a repetirte en tu interior la a de araña, la e de elefante, la i de iglú, la o de oso, la u de uña..., volver a cantar las tablas de multiplicar, volver a decir definiciones que quedaron en tu mente y que, en su momento no entendías, pero que ahora comprendes perfectamente: "erosión: es la labor de desgaste que ciertos fenómenos geológicos y atmosféricos ejercen sobre la superficie de la corteza terrestre", volver a sentir el nerviosismo de los momentos previos a un examen y la alegría o la tristeza al saber las notas.
Tantos y tantos pensamientos y sentimientos que se concentran en uno: el olor; ese olor que tienen todos los colegios a humanidad creciendo, a libros, a pinturas,..., ese olor que ocupó gran parte de nuestra vida y que ahora nos hace recordar y, en cierto modo, añorar.
Todos los colegios tienen un ambiente denso, un cierto microclima que pesa, único y maravilloso; y mientras esperas sentado a que el profesor te llame, saboreas y sonríes.
Llega el momento en que suena el timbre y comienzas a escuchar como se eleva el murmullo que había dentro de las clases; las sillas arrastrándose por el suelo, las voces de los niños, el profesor intentando poner orden y, por fin, las puertas se abren y los pequeños estudiantes salen contentos por haber terminado el día y marchar a sus casas.
Es entonces cuando vuelves a tu papel de progenitor y comienzas la tertulia con el profesor de tus hijos.
Una vez que ésta termina, vuelves al pasillo para salir a la calle y, en cierta manera, te da pena abandonar ese lugar que te ha traído tan buenos recuerdos y que, por unos instantes, ha hecho que volvieras a un pasado feliz.
Dejas atrás ese olor y vuelves a la vida cotidiana, deseando que llegue la próxima cita para imbuirte del aroma que tus hijos disfrutan todos los días y que tú echas de menos.