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miércoles, 29 de febrero de 2012

MORIR DE AMOR

Duro, difícil y doloroso es intentar comprender lo ocurrido para los que nos hemos quedado aquí; pero en cierto modo, resulta gratificante y digno de ejemplo ver lo que hicieron.
Primero se fue él, rápido, sin avisar, dándonos tiempo a decirle adiós, a que las palabras "te quiero" salieran de nuestra boca y llegaran a sus oídos, a que hiciera planes para un futuro que se iba desvaneciendo sin que ninguno nos diéramos cuenta, a que quedaran pocas cosas qué decir.
Ella tardó tan sólo un año en acompañarle. Los médicos lo querrán llamar como quieran, yo simplemente diré que fue morir de amor.
En esta vida deshumanizada, egoísta, en la que sólo nos miramos el ombligo, yo tuve la suerte de tener unos padres que se quisieron hasta más allá de la muerte. Tanto fue su amor que no consiguieron estar separados más de un año y fue la misma muerte la que les volvió a unir.
Ahora volverán a sonreír el uno junto al otro, seguirán sus paseos, sus planes, su preocupación por sus hijos, pero juntos, como ellos querían.
Debo quitarme de la cabeza la idea de que los necesito, de que aún tendrían que estar a mi lado, de que sigo siendo pequeña y me tienen que proteger. El corazón manda más y me manda que sea feliz por ellos, porque hace muchos años se unieron y decidieron que fuera para siempre y ese siempre continúa más allá de este mundo.
Estoy convencida de que serán felices, de que su amor habrá traspasado lo inimaginable y que ese amor llenará mi corazón, como siempre vi, como siempre escuché, como siempre quise que me pasara a mí.

martes, 31 de enero de 2012

PENSANDO, PENSANDO

Lo lógico y natural es que todos, un día u otro nos moriremos, la vida es así. Pero ¿por qué hay que morirse para ser bueno?.
Hay personas que nacieron  con la maldad dentro de ellos, otras que cambiaron con los años y se convirtieron en seres inhumanos, otras que hicieron el bien, pero llegado el día en que todos nos despiden, pasamos a convertirnos en buenas personas.
Pero somos humanos, y una vez pasados los llamados días de duelo, volvemos a la realidad, y a esa persona que durante un tiempo la hemos tratado de buena, vuelve a nuestra mente en algún momento en que se portó de forma poco correcta, hizo algo que podríamos decir inapropiado. ¿Por qué somos así?. No sé si llamarlo hipocresía, humanidad ante el dolor de una familia o cómo definirlo.
Será por mi carácter o por mis genes, pero para mí todo el mundo es bueno mientras no se demuestre lo contrario, y estoy hablando de buenos en vida; eso sí, llega el día en que ves una actitud de una persona, un hecho, unas palabras, un comportamiento, y entonces lo pones en la lista negra, en esa que todos tenemos de aquellos seres que no queremos cerca de nuestra vida porque nos hacen daño, nos perjudican o, simplemente, no nos aportan nada positivo.
Nadie es perfecto, aunque algunos se lo crean. Todos tenemos personas a las que no les caemos bien, no comulgan con nuestras ideas o, simplemente, en algún momento de nuestra vida hemos hecho algo que no estaba bien, hemos hecho daño y, con toda seguridad, hemos sido incapaces de pedir perdón.
Creo que el ir a un tanatorio debería ser como ir a una boda: sólo acudir aquellos que realmente lo sientan, que su corazón les diga que tienen que estar ahí.
Me estoy poniendo demasiado trágica, así que espero que el día que yo falte los que quieran llorar que lloren, los que quieran reír que rían, los que quieran decir que era una buena persona que lo digan y los que me quieran criticar, por favor, que se abstengan de venir, prefiero que me lo digan ahora a la cara; aún estoy a tiempo de pedir perdón.

lunes, 2 de enero de 2012

CONVERSACIÓN FINAL

" Ave María Purísima. - Sin pecado concebida. ¿De qué quieres confesarte?. - Quiero confesar que he perdido la fe en la confesión...". No podía entender lo que estaba escuchando; después de tantos años como cura en aquel lugar, era lo último que se podía esperar.
"¿Y por qué no crees en la confesión?", le preguntó..
"Porque usted no es quién para determinar si yo he hecho bien o he hecho mal", respondió, "a mí ya se me ha juzgado y condenado, ¿de qué me sirve ahora esto?".
"Quizá sea para aliviar un poco tu alma".
"Mi alma está aliviada y tranquila. Estoy en paz conmigo mismo, pero siento pena por mis padres".
"Entonces, quizá por ellos, deberías decirme qué es lo que te ocurre".
"Lo que  tenía que decirles ya lo he hecho cara a cara".
"¿Para qué has hecho que viniera si no tienes nada que decirme?".
"No lo sé. Seguramente ha sido el hecho de tener que enfrentarme a algo que no quiero, pero que sé desde hace tiempo que va a ocurrir".
"Tú buscaste este camino; tú provocaste todo lo que está sucediendo; ahora sólo te queda arrepentirte y esperar el perdón de Dios".
"¿De Dios?, ¿de su Dios o de mi Dios?".
"¿Qué diferencia hay entre uno y otro?".
"De pequeño me hablaron de un Dios que castigaba a los pecadores y que a la vez perdonaba los pecados; un Dios todopoderoso que conducía a su rebaño por el buen camino, y ese camino me ha traído aquí".
"No es Dios el que te ha traído, eres tú el que ha confundido la dirección".
"Usted mismo me lo está diciendo, no existe ese Dios que nos lleva por el buen camino".
"Nadie dice que lleva por el buen camino, sino que quiere que su rebaño vaya por él y tú te has desviado, ¿quieres pedirle perdón por ello?".
"No. No tengo que pedir perdón por nada. Mi destino era éste y está cumplido. No tengo más que hablar con usted".
"¿Quieres que te acompañe hasta la salida?".
"No, gracias. Ya lo harán mis amigos de estos últimos años. Los que han estado conmigo día y noche y saben realmente de mis temores y mis sentimientos".
"Entonces, hijo mío, ve con Dios y que el guíe tus pasos hacia tu destino".
"Adiós padre".
El cura se levantó y se marchó. Cuando se alejaba por el pasillo vio a los "amigos" de aquel hombre que venían en dirección contraria a buscarlo. 
Se preguntó cómo alguien podía llamar amigo a quien te va a llevar a la sala de ejecución; pero mirando los ojos de aquellos seis hombres uniformados se dio cuenta que la confesión ya había sido hecha y que los seis eran los confesores de alguien que no tenía perdón.

(Frase de Germán Pueyo)

sábado, 31 de diciembre de 2011

SENTIDO CONTRARIO

En este mundo de inequidades, la sumatoria de las tristezas de muchos son las alegrías de otros tantos de igual magnitud, pero en sentido contrario, les había dicho el profesor de historia contemporánea de la Facultad.
Parecía que se encontraba en clase de física y, aquella frase le hizo pensar que el curso que acababa de comenzar iba a ser más difícil de lo que imaginaba.
Al terminar la clase, tuvo que recurrir al diccionario para saber lo que significaba inequidad, una palabreja que no había escuchado nunca. Leyó que era maldad. 
Por un momento se sintió feliz; cada día al terminar las clases acudía a una asociación de ayuda a exdrogadictos. Ella nunca había consumido drogas, pero su hermano había muerto de una sobredosis unos años antes y, desde entonces, se propuso que nadie más volviera a pasar por aquello.
No sabía que aquel día iba a ser diferente; había llegado a la asociación a las 5 en punto, como todos los días y, tras colocarse la bata y los guantes, se había dirigido a su despacho a esperar a que llegaran para darles su dosis diaria de metadona.
Por su cabeza seguía barruntando la frase del profesor de historia: "la tristeza que yo sentí con la muerte de mi hermano es ahora la alegría que siento por ayudar a los demás". Era el mejor resumen que podía sacar de aquello que había escuchado. Lo que no entendía muy bien era como las alegrías de muchos podían ser las tristezas de otros; no se consideraba una persona que se alegrara de los males ajenos y, a pesar de considerarse una mujer adulta, en su último año de carrera, en ella seguía viviendo esa niña que no veía la maldad en los otros.
Por fin comenzaron a llegar. Los conocía a todos por su nombre o por el mote y sabía de sus vivencias y de sus alegrías y frustraciones; con muchos de ellos había pasado largas horas de conversación en las que le habían contado por qué habían caído en el mundo de la droga y lo que luchaban por salir de él. Había reído y llorado con ellos y comprendía perfectamente su situación.
A las ocho de la tarde llegó; hoy lo hacía más alterado que ningún día. Esperó su turno yendo y viniendo por el pasillo, sin poder estarse quieto.
Cuando por fin le tocó su turno entró en el despacho en el que ella se encontraba, le dijo que llevaba muy mal día, que necesitaba más metadona de la habitual. Le contestó que no, que ya sabía que cada uno tenía su dosis y que no podía superarla. Aquello no era lo que quería oír. En un arrebato de cólera sacó una navaja y la clavó en el cuerpo de la joven tantas veces como dosis necesitaba. Cogió los estuches que quedaban con la metadona y salió del despacho cerrando la puerta.
Mientras se desangraba en el suelo comprendió el sentido total de la frase: ahora él es feliz con la metadona y yo estoy triste porque mi vida se apaga.
Y así, mientras sus ojos se cerraban, volvió a escuchar la frase de su profesor y comprendió que esta vez, era en sentido contrario: En este mundo de inequidades, la sumatoria de las tristezas de muchos son las alegrías de otros tantos de igual magnitud, pero en sentido contrario.

(Frase de Alfredo Claver)

jueves, 24 de noviembre de 2011

UNA ESTRELLA BRILLANDO

Se suele decir: "Qué solos están los muertos".
Cada uno tendrá sus creencias y compartirá o no esa frase. Para mí no están solos, están llenos de vida en nuestros corazones, en nuestros recuerdos, en esas prendas de ropa que, después de mucho tiempo aún cogemos y apretándola contra nuestra nariz, mantiene su olor.
No es esto un pensamiento tétrico ni luctuoso, todo lo contrario, es saber que los que se han ido físicamente de nuestras vidas están ahora en nosotros. Ya lo estaban antes de partir, pero ahora lo hacen las veinticuatro horas del día. 
Nada me parece más hermoso que contemplar una noche clara y estrellada y pensar que una de esas estrellas es la persona que me cuida, la que va conmigo a todas partes, la que se alegra conmigo y por mí, la que llora conmigo y por mí.
Es bonito recordar que aquella persona que se fue decía que, en su próxima vida, querría reencarnarse en otra cosa. Y tú buscas esa cosa, y la encuentras, y ves en ella algo distinto, especial, que te hace sentir bien.
No creo que los muertos estén solos. Somos nosotros los que lo estamos porque no sabemos asumir que esas personas tan queridas no nos volverán a dar un beso o un abrazo, pero están en los besos y abrazos que nosotros damos a los demás. No sabemos asumir que un día, más tarde o más temprano, todos nos iremos y dejaremos aquí nuestros recuerdos, nuestras enseñanzas, nuestro olor.
No hay nada más bonito que pensar que un día seremos una estrella brillando en el cielo y que alguien, desde aquí abajo, nos mirará y sonreirá.

viernes, 4 de noviembre de 2011

ESPERO QUE ME DEJE


Está enfermo y viejo, pero me espera.
Siempre he querido cogerlo y que en mis manos comenzara a llorar o a reír.
La vida ha ido pasando y sigue ahí, esperándome. Lo abandoné por otro, sé que no le importó, pero en aquel tiempo era muy cara su curación y no había dinero en casa.
Tuvo otra pareja antes, pero una maldita guerra hizo que tuvieran que separarse muy pronto y, desde entonces, permaneció sólo. Estaba en manos de su compañero cuando éste murió y ahí fue cuando comenzó su decadencia. Nunca más volvió a llorar o a reír. Permaneció callado. En casa nos imaginábamos cómo debía ser su voz; cómo su compañero le habría hecho hablar y expresar todos sus sentimientos; pero ninguno de nosotros supo volver a hacerlo.
Quizá fue la pena de ver como su ser más querido caía por una bala perdida y se iba para siempre de este mundo.
Desde que yo recuerdo, siempre estaba tapado con una manta verde, tan vieja y decrépita como él; pero nunca había querido una nueva. Aquella manta era con la que él lo arropaba cuidadosamente.
Espero que aún tenga fuerzas para decirme algo; que me deje acariciarlo como hacía mi abuelo; que me perdone por haber aprendido a tocar al piano y dejarlo a él porque en casa de mis tíos ya había un piano y no había que gastar dinero; que me susurre las confidencias que le hizo mi abuelo antes de morir; que me deje que lo lleve a un sitio donde lo puedan curar.
Espero que el violín de mi abuelo me deje que yo lo toque y que, juntos, reemprendamos un bello romance interrumpido.