Mostrando entradas con la etiqueta droga. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta droga. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de enero de 2012

DROGA SANA

Quería tenerlo todo y su cabeza le decía: más, más, más, y continuaba buscando y haciendo lo imposible por tener ese más.
Nunca salió en las listas de las personas más ricas del mundo; nunca lo nombraron en ningún programa como alguien digno de admiración; nunca nadie llamó a su puerta, porque en su casa no había puertas.
Vivía en un parque, debajo de un puente, en un portal,..; daba igual el sitio. Por la mañana, tras levantarse, cogía su viejo y raído maletín por el paso del tiempo y se dirigía a cualquier plaza en la que sabía que iba a haber muchas personas.
Tras llegar y ocupar un sitio "estratégico", abría el maletín y esperaba.
La gente ya se había familiarizado con él; llevaba más de cincuenta años en aquella ciudad haciendo siempre lo mismo: abrir el maletín y dejar que se leyera el cartel: "Cambio un abrazo por una moneda".
A lo largo de tanto tiempo, había acumulado una importante cantidad de dinero, con la que había podido construir varias casas en las que, personas indigentes como él, tenían un techo bajo el que dormir y, con la caridad de otros, un plato de comida caliente.
Pero él seguía queriendo más y más, más y más abrazos. Había perdido la cuenta de los que había dado y recibido, pero con creces superaban el millón, sin embargo, necesitaba más; era su droga, su dosis diaria; ya no podía pasar sin ellos. El dinero no importaba, los abrazos sí.
Era codicioso, estaba enganchado y necesitaba su "chute" diario, lo demás era secundario.

sábado, 31 de diciembre de 2011

SENTIDO CONTRARIO

En este mundo de inequidades, la sumatoria de las tristezas de muchos son las alegrías de otros tantos de igual magnitud, pero en sentido contrario, les había dicho el profesor de historia contemporánea de la Facultad.
Parecía que se encontraba en clase de física y, aquella frase le hizo pensar que el curso que acababa de comenzar iba a ser más difícil de lo que imaginaba.
Al terminar la clase, tuvo que recurrir al diccionario para saber lo que significaba inequidad, una palabreja que no había escuchado nunca. Leyó que era maldad. 
Por un momento se sintió feliz; cada día al terminar las clases acudía a una asociación de ayuda a exdrogadictos. Ella nunca había consumido drogas, pero su hermano había muerto de una sobredosis unos años antes y, desde entonces, se propuso que nadie más volviera a pasar por aquello.
No sabía que aquel día iba a ser diferente; había llegado a la asociación a las 5 en punto, como todos los días y, tras colocarse la bata y los guantes, se había dirigido a su despacho a esperar a que llegaran para darles su dosis diaria de metadona.
Por su cabeza seguía barruntando la frase del profesor de historia: "la tristeza que yo sentí con la muerte de mi hermano es ahora la alegría que siento por ayudar a los demás". Era el mejor resumen que podía sacar de aquello que había escuchado. Lo que no entendía muy bien era como las alegrías de muchos podían ser las tristezas de otros; no se consideraba una persona que se alegrara de los males ajenos y, a pesar de considerarse una mujer adulta, en su último año de carrera, en ella seguía viviendo esa niña que no veía la maldad en los otros.
Por fin comenzaron a llegar. Los conocía a todos por su nombre o por el mote y sabía de sus vivencias y de sus alegrías y frustraciones; con muchos de ellos había pasado largas horas de conversación en las que le habían contado por qué habían caído en el mundo de la droga y lo que luchaban por salir de él. Había reído y llorado con ellos y comprendía perfectamente su situación.
A las ocho de la tarde llegó; hoy lo hacía más alterado que ningún día. Esperó su turno yendo y viniendo por el pasillo, sin poder estarse quieto.
Cuando por fin le tocó su turno entró en el despacho en el que ella se encontraba, le dijo que llevaba muy mal día, que necesitaba más metadona de la habitual. Le contestó que no, que ya sabía que cada uno tenía su dosis y que no podía superarla. Aquello no era lo que quería oír. En un arrebato de cólera sacó una navaja y la clavó en el cuerpo de la joven tantas veces como dosis necesitaba. Cogió los estuches que quedaban con la metadona y salió del despacho cerrando la puerta.
Mientras se desangraba en el suelo comprendió el sentido total de la frase: ahora él es feliz con la metadona y yo estoy triste porque mi vida se apaga.
Y así, mientras sus ojos se cerraban, volvió a escuchar la frase de su profesor y comprendió que esta vez, era en sentido contrario: En este mundo de inequidades, la sumatoria de las tristezas de muchos son las alegrías de otros tantos de igual magnitud, pero en sentido contrario.

(Frase de Alfredo Claver)