Las noticias no eran las mejores, pero el viaje ya había comenzado y, siendo que ya teníamos todo preparado, decidimos iniciar nuestra odisea e intentar llegar a nuestro objetivo.
Todos los que participábamos en aquel viaje sabíamos que nos tacharían por locos, por eso habíamos decidido mantenerlo en silencio; ni siquiera nuestras familias sabían cuál era nuestro destino. Habíamos dicho que nos íbamos a recorrer algún país de la vieja Europa para conocer otras culturas.
Nos informamos del parte meteorológico y, muy a nuestro pesar, anunciaba buen tiempo, cielos despejados y un brillante sol en unos cuantos días. Pero aquello no nos hizo cejar en nuestro empeño y, con alegría emprendimos el camino.
No empleamos ningún vehículo; todo el viaje iba a ser a pie; no nos podíamos arriesgar a que nuestro objetivo se encontrara en algún lugar al que no pudiéramos acceder en coche.
Éramos un grupo heterogéneo de personas: desde niños hasta adultos, desde niñas sumidas en su más tierna infancia hasta hombres que ya peinaban canas.
Días y más días duró nuestro periplo entre montañas, valles y algún que otro pueblecito abandonado. Sabíamos que nuestra dirección tenía que ser el norte y nos guiábamos con una brújula.
Pronto comenzaron a surgir las desavenencias y las discusiones entre unos y otros, hasta que alguien recordaba el motivo de nuestro viaje, y todo parecía volver a la calma.
Fueron días duros. El cielo seguía completamente despejado y comenzábamos a temer lo peor: tener que dar la vuelta sin haber alcanzado nuestra meta.
Llevábamos dos semanas de viaje cuando alguien gritó: "Una nube". Todos miramos al cielo: ahí estaba, diminuta, del tamaño de un garbanzo, pero era una nube. Una sonrisa invadió nuestros rostros; las peleas que cada vez se habían hecho más frecuentes desaparecieron desde aquel día. Aquella nube vino acompañada por muchas más y, al cabo de muy pocos días comenzó a llover. Era lo que todos habíamos estado esperando.
Ahora ya nadie hablaba de quien comía más o menos, de algo que le había desaparecido de su mochila; ahora todos esperaban que un pequeño rayo de sol asomara entre aquellas nubes. Y lo hizo, y, por fin, vimos nuestro objetivo: ahí estaba el arco iris en todo su esplendor.
Nos quitamos las mochilas y corrimos; queríamos llegar al lugar en donde nacía, porque ahí, según la leyenda, había un caldero de monedas de oro.
Mientras corríamos, nos ayudábamos los unos a los otros: dábamos ánimos al que decía que ya no podía más, cogíamos en brazos a los más pequeños para que no se rezagaran y, entre unos y otros, llegamos hasta la falda de una escarpada montaña imposible de escalar.
Era el final. El arco iris se escondía por detrás de ella. Nunca lo alcanzaríamos.
Y allí estábamos todos, abrazados los unos a los otros, viendo como nuestro final se alejaba, sin darnos cuenta que habíamos alcanzado la meta: ser uno solo; ser felices y ayudar sin pedir nada a cambio; ser personas. Al fin y al cabo, ¿qué son unas monedas de oro en comparación a la felicidad?.
(Frase de Oscar Lázaro Alvarez Felice)