Cuando somos pequeños todo va deprisa, o nosotros queremos que vaya deprisa. Vamos a todas partes corriendo, hacemos las cosas espontáneamente y sobre todo, gritamos.
Los patios de recreo de los colegios deben pasar con creces los decibelios permitidos por la ley, pero da gusto oír esas voces chillonas, penetrantes que, a veces, llegan a taladrarnos los oídos y nos hacen huír.
En los parque ocurre lo mismo: "Mamaaaaaaaaaaa, me voy al tobogán", "me he caídooooooooooooo", y nosotros a dos metros de distancia.
Los niños tienen la necesidad de decirlo todo a gritos, que sus voces se oigan, que se sepa que están ahí, que forman parte de nuestras vidas y del mundo que les rodea.
¡ Cuántas veces hemos buscado los padres esas pilas que llevan para que dejen de gritar !.
Llega la adolescencia, y los gritos desaparecen, ahora son mensajes en el móvil o en el ordenador, todo bajo una férrea contraseña y a escondidas de nosotros.
Crecemos, llega la madurez y con ella el silencio; cuanto menos se oiga lo que hablamos mucho mejor. Ya no tenemos necesidad de que el mundo sepa lo que nos ocurre, es más, procuramos ocultarlo y tan sólo alzamos la voz cuando algo maravilloso ha pasado en nuestra vida y queremos que todos se enteren.
¿Y si volviéramos a ser niños y gritáramos? Quizá nos pasaría como a ellos, que siempre habría alguien con una sonrisa mirándonos, alguien dispuesto a levantarnos cuando nos hemos caído porque ya lo hemos gritado, alguien atento a nuestros problemas y a nuestras alegrías.
Si gritáramos y dijéramos lo que realmente nos sucede, probablemente nos sorprendería ver las personas que se acercan y nos acompañan en nuestros gritos. Pero los modales, la buena educación y el "qué dirán" nos vuelven silenciosos y todos esos gritos que dábamos de pequeños reivindicando nuestro lugar en el mundo y en la sociedad han desaparecido y se han callado.
Siempre nos queda esperar a que llegue la vejez y los problemas de audición hagan que tengamos que volver a gritar y decirle al mundo que estamos aquí y que formamos parte de él.