Ya
casi podemos tocar con los dedos la mañana del día de San Lorenzo, la del 10 de
agosto, la que nos vestimos de blanco inmaculado y verde.
Hay
pocas mañanas bonitas en el año, pero para los que somos o nos sentimos
oscenses, ésta es la más maravillosa de todas.
El
olor a albahaca, la música de los danzantes, la alegría en los rostros y alguna
que otra lágrima que resbala por nuestra mejilla y que intentamos ocultar tras
las gafas de sol.
Mañana
de reencuentros con aquellos que hace tiempo que no veíamos; mañana de ver la
procesión “donde siempre” y después ir a tomar un café; mañana de mover los
pies al ritmo de los dances de nuestra ciudad; mañana de echar de menos a
aquellos que ya se han ido de nuestro lado.
Cierro
los ojos y veo pasar a papá con la
Cofradía de Caballeros de San Lorenzo; camisa blanca,
pañoleta al cuello y una sonrisa que iluminaba todo. Mamá, a mi lado, lo
observaba orgullosa, vestida con los colores de nuestras fiestas, dichosa de
tener a todos sus hijos y nietos junto a ellos en esa mañana tan especial.
Este
año pasarán mis sobrinas con la
Cofradía acompañando a San Lorenzo, y mis hermanos y yo,
junto con los demás pequeños de la casa, volveremos a cerrar los ojos y
sabremos que ahí donde estáis ahora, seguiréis sonriendo y diciéndonos: “No hay
mañana más bonita que la del día de San Lorenzo”.