Cuando suena el despertador, lo cual ocurre siempre que estás en lo más profundo de tus sueños, te vuelves a sentir el niño al que despertaban para ir al colegio, y te dices a ti mismo: "Cinco minutos más, porfa", te estiras en la cama y te repites varias veces que no te apetece, que no. En ese momento aparece el adulto que todos llevamos dentro y nos recuerda nuestras obligaciones, esa agenda que llevamos en el cerebro y que está repleta de cosas por hacer. Así que con cara de niño cabreado, metida en un cuerpo adulto, nos dirigimos a la ducha para intentar encontrar un equilibrio. El adulto gana: el agua nos hace darnos cuenta de la realidad y comenzamos a organizar todo lo que tenemos que hacer, solucionamos problemas y nos planteamos otros.
Una vez preparados para salir a la calle, llega el momento de ser mamá o papá, y nos dirigimos con paso firma a la habitación de nuestros hijos dispuestos a despertarlos para ir al colegio. Viendo esas caras tan relajadas vuelve a nosotros ese niño que sueña con mundos maravillosos, con colecciones de cromos, con dibujos animados; pero el mamá o la papá se miran el reloj y comienzan a despertar a los bellos durmientes.
A lo largo del día somos adultos que cumplen con sus obligaciones y que, de vez en cuando, se gastan alguna broma entre ellos, por aquello de distraerse un poco de tanta madurez.
Cuando nuestros hijos vuelven a casa del colegio, volvemos a ser niños repasando las tablas de multiplicar, la historia, los países, pero terminamos por ser el papá o la mamá que dice: "Yo ya me lo aprendí hace años, ahora te toca a ti" y pasamos a ser el adulto que pregunta, con cara muy seria, la lección.
Volvemos a ser niños en el poco rato que nos queda para jugar con nuestros hijos, hasta que el papá o la mamá que llevamos a cuestas nos dice que es la hora de baños, de hacer cenas y de ir a dormir.
Cuando los peques duermen, es nuestro momento de relax en el sillón y buscamos algo en la tele con que distraernos y olvidar que somos adultos y padres y madres y sólo queremos ser niños que disfrutan soñando con los ojos abiertos. Pero los ojos están cansados y nos piden ir a dormir, así que nos acurrucamos entre las sábanas y, procurando dejar en la mesilla al adulto que somos, esperamos soñar con juegos, sorpresas y nubes de colores.