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miércoles, 5 de septiembre de 2012

TENGO MIEDO

No entiendo nada de la prima de riesgo, de la compra de deuda, etc,. Puede ser porque sea de letras o porque mis problemas se limitan al día a día y a vivir la realidad que se toca con las manos.
En mi calle, como por arte de una magia negra, todos los establecimientos comerciales tienen a una persona en la entrada, sentada, con un cartel pidiendo dinero o comida; y no son inmigrantes (con los mismos derechos que todos, eso ante todo), son personas de mi país.
Tengo miedo del día en que vea una cara conocida y no pueda darle nada, porque cada céntimo cuenta, porque ahí donde están ellos esperando a que yo les dé algo, mis compras se limitan a pollo, pavo, leche, arroz, pasta, ..., los productos básicos que necesitamos para comer y seguir viviendo.
Tengo miedo del día en que esas personas se cansen de pedir y no recibir y entonces decidan entrar a robar en dichos establecimientos, porque yo también lo haría, porque no podría ver cómo mi hija pasa hambre. No tendría ninguna duda, lo haría.
Tengo miedo del día en que todo esto estalle; cuando las personas que ya no tienen nada, las que no pueden trabajar, y lo confirmo NO PUEDEN, porque querer, todos queremos hacerlo, cuando esas personas se lancen a las calles para intentar conseguir un trozo de pan que llevar a la boca de sus hijos. Puede ser una exageración, pero casi te hace rememorar las películas del oeste en las que el más fuerte gana, y todo a través de la violencia.
Tengo miedo del día en que realmente todos nos unamos contra esos dirigentes de nuestro país, contra esa oposición que calla y, por lo tanto, otorga, contra los banqueros, contra todos los que siguen cobrando sueldos astronómicos y no se quieren bajar de la poltrona, ni ceder un ápice para que los españoles tengamos una vida digna. Y no digo los españoles de a pie, porque de a pie somos todos: ellos y nosotros.
Tengo miedo de que mi hija vuelva al colegio y se encuentre con que no hay profesores para enseñarle lo que le corresponde aprender a su edad, de que algún niño "mayor" le quite el bocadillo o algo de ropa, porque no tiene; y en parte podría comprenderlo.
Sencillamente, tengo miedo de lo que se nos viene encima.

miércoles, 8 de febrero de 2012

CINCO KILÓMETROS

Cuentan los vecinos que sólo lo veían salir para ir al trabajo; sabían que lo tenía cerca de casa, y que siempre iba andando deprisa. La compra la traían de un supermercado todos los viernes a la misma hora y él la recogía y guardaba para toda la semana.
Siempre fue correcto y educado; acudía a todas las reuniones de la comunidad que se organizaban en el amplio patio de la casa y siempre tenía una palabra amable, una sonrisa y un buen gesto.
Los compañeros de trabajo decían que era uno más entre ellos; no destacaba ni por lo bueno ni por lo malo; quizá lo que sí notaron era que no acudía a ninguna de las comidas o cenas que organizaban; siempre daba una buena excusa, un motivo convincente para no ir.
Muchos se sorprendieron cuando lo encontraron en una red social y vieron que ahí era una persona completamente distinta: era alegre, hablaba con bastante gente y, eso sí, pasaba muchas, muchas horas.
Lo tenían por un bicho raro: no querer ir a una comida con la gente con la que te llevas bien, no quería ni tan siquiera salir al café diario y, había llegado un momento en que ya no le preguntaban y lo dejaban solo trabajando.
Había llegado a tal extremo su soledad, que ni siquiera iba a ver a sus padres que vivían en un pueblecito muy cercano a su ciudad.
En su casa estaba a salvo, ahí nada le podía ocurrir; tenía todo lo que necesitaba para vivir; pero sabía que estaba fallando a mucha gente y aquello le mataba. No era ningún bicho raro, simplemente había encontrado un lugar en el que poder hablar con la gente y no tener que mostrar su rostro, un lugar en el que era comprendido por muchos.
Por la calle se sentía observado, sabía que la gente le miraba con compasión y asco , y eso era algo que nunca había superado y creía que nunca iba a superar. 
Todos los días eran una lucha para él, un reto cada día que se veía incapaz de superar. Se sentía abandonado por muchos que conocían su problema y le decían que eso eran tonterías, a lo que él siempre contestaba: "Si tienes vértigo, tírate en paracaídas, eso es lo que me ocurre a mí".
Aquel accidente que desfiguró su rostro había ocurrido hacía años: estaba borracho y se dirigía a casa de sus padres cuando un animal se cruzó en su camino y, tras frenar bruscamente, salió despedido por la luna delantera desfigurando su rostro para siempre.
Decidió continuar con su vida y olvidar a aquellos que no querían entenderle y, cada día, siguió haciendo su pequeño esfuerzo: llegar hasta la esquina, cruzar la calle, avanzar un poco más,...; sabía que iba por el buen camino, pero que tantos años de sufrimiento anteriores le costaría muchos años de esfuerzo diario.
Siguió y siguió y llegó el día en que consiguió hacer un viaje: cinco kilómetros lejos de su casa, su antiguo hogar, su meta, su felicidad, aunque para entonces ya no hubiera nadie en ella.

viernes, 9 de diciembre de 2011

BLOQUEADA

El otro día, por circunstancias que no vienen al caso, tuve que acudir a mi centro de salud.
Esperaba sentada a que me tocara el turno para entrar a la consulta cuando una chica de unos veintitantos años pasó por delante de mí en dirección a las escaleras.
Pese a que estábamos en un primer piso se paró a llamar al ascensor y vi como su mano temblorosa intentaba acertar en el pulsador.
Se quedó esperando, pero no puedo decir que lo hiciera quieta; por un momento me recordó a las gelatinas que bailan cuando las movemos. 
Todo aquel cuerpo temblaba de manera espantosa y ella enredaba los dedos de una mano con los de la otra sin saber muy bien si aquello iba a terminar en un nudo o no. 
Al final, y como el ascensor no llegaba, se agachó en el suelo y se quedó ahí, como un bebé en el vientre de su madre esperando a que las puertas se abrieran.
No sabía si acercarme o no y preguntarle si podía ayudarla. Yo también me quedé como ella: bloqueada.
Por fin se abrieron las puertas y, levantándose, se metió para desaparecer de mi vista.
No fue una imagen agradable y tampoco es la primera vez que veo algo similar. 
Cada vez más proliferan los trastornos de angustia, las crisis de ansiedad y las depresiones.
¿Qué sociedad estamos creando para que las personas no se encuentren a gusto?. ¿Qué pedimos a los demás para que se tengan que enfrentar a esas situaciones?. ¿Somos realmente conscientes de su sufrimiento?.
No soy ni psiquiatra ni psicólogo, soy simplemente una persona como otra cualquiera que tiene sus momentos de tristeza y de miedo y que también tiene sus momentos de alegría, de ilusión y de esperanza; pero pienso en las personas como esa chica que sufren, que no pueden llevar una vida normal y que, probablemente, se sientan rechazadas por incomprendidas.
Quizá empleamos demasiado a la ligera los términos depresión o ansiedad. Deberíamos ponernos en la piel de las personas que realmente lo padecen y compartir un minuto de su sufrimiento. Otro gallo nos cantaría a nosotros y a ellos.