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viernes, 27 de enero de 2012

REDES DE AMISTAD

Para muchos las redes sociales son sitios donde abunda el peligro, donde los delincuentes están a la espera de su presa, donde no puedes encontrar más que tonterías.
Yo pertenezco a una de esas redes sociales que tanto dan que hablar y, sinceramente, para mí es un sitio más de reunión entre conocidos y, hasta en algunos casos, de amigos.
Siempre tendemos a ver el lado negativo de las cosas; si nos enteramos de algún caso con final trágico, automáticamente todo pasa a ser igual.
Respeto a aquellos que no comparten la creencia de que las redes sociales son algo bueno, pero no estoy de acuerdo con aquellos que dicen que solamente son sitios para perder el tiempo.
A través de las redes sociales puedes encontrar a personas maravillosas, al igual que en la vida no virtual; puedes entablar lazos de amistad y conocer un poco más lo que ocurre en el resto del mundo.
Igual que en nuestra vida cotidiana huiríamos de una persona que va con un arma, que profiere insultos, que desprecia todo y a todos, en nuestra red social podemos borrar de un plumazo a aquellos que nos hacen sospechar de un comportamiento poco correcto.
Seguro que me recriminan que no podemos ver en persona a nuestro interlocutor; pero, en cierto modo, es una ventaja: conoceremos sus opiniones, sus gustos, sus ideas y no nos dejaremos engañar por su físico.
No quiero convencer a nadie para que entre en una red social; ya somos mayores para saber lo que debemos hacer y lo que no;  simplemente evitar que se realicen comentarios sobre algo que no conocemos y que, para muchas personas, es un lugar donde pueden encontrar la amistad que no hay en su vida “real” y que llena ese vacío que da la sociedad actual.

jueves, 19 de enero de 2012

CAFÉ PARA TODOS

La cafetería estaba situada en la planta baja del hotel y ahí se reunían todos los hombres de negocios de las oficinas cercanas para tomar el café de media mañana.
Siempre se juntaban las mismas personas, era un grupo de seis hombres, todos con traje de chaqueta y corbata, bien afeitados y con un trato hecho entre ellos: no hablar de trabajo en la media hora que tenían para almorzar.
Habían llegado a ese acuerdo para desconectar un poco del trabajo y, por qué no, para conocerse un poco más entre ellos.
Después de tantos años juntos, sabían de sobra la vida de los demás, pero les gustaban esas tertulias en las que podían arreglar las cosas de su ciudad, de su país, incluso del mundo.
Pero un día las cosas cambiaron. Seguían acudiendo los seis al café: seis hombres perfectamente preparados para la vida diaria, seis hombres con familia, seis hombres de una ciudad cualquiera; la diferencia era que uno de ellos se quedó en el paro.
La empresa había hecho regulación de empleo y le había tocado a él dejar de trabajar.
Al principio fue un mazazo terrible; tantos años de experiencia, tanto tiempo sin ver a la familia para dedicarse al trabajo y, ahora, se veía en la calle, sin perspectivas de encontrar nada.
Sus compañeros intentaron que la empresa lo readmitiera, pero recibieron un no tajante por respuesta. Buscaron en otros sitios para conseguirle un trabajo nuevo, pero en todos decían lo mismo: "la cosa está muy mal".
Pasados los años y ya todos jubilados, seguían encontrándose en el mismo lugar y a la misma hora; siempre con el traje y la corbata, siempre impolutos, menos uno: el que llevaba un traje desgastado por el tiempo. Pero hoy se encontraba feliz; por fin y, después de mucho tiempo, iba a poder invitar a sus amigos a café.
Durante unos meses cobró el paro y después pasó a un subsidio por desempleo que apenas le daba para vivir, su familia lo abandonó porque comenzó a beber para aliviar su pena, pero lo que nunca dejó de hacer fue acudir al café diario y tragarse el orgullo de que fueran sus amigos los que pagaran siempre.
Marchó a vivir a una habitación que le prestaron unos familiares y en la que tenía que pagar poco; así que con el tiempo fue ahorrando un poco de dinero y aquel día decidió que había llegado la hora de corresponder a aquellos que no le habían dejado de lado.
Pidió un gran almuerzo y todos compartieron su alegría; por un momento se olvidaron de sus achaques, propios de la edad, y devoraron todo con entusiasmo. Se sintió feliz cuando pudo pedir la cuenta y pagar. Sus amigos sonrieron y, como siempre, comenzaron a arreglar el mundo, con un café en la mano, en el mismo lugar de siempre: en la cafetería situada en la planta baja del hotel.

(Frase de Mª Pilar P G )

lunes, 9 de enero de 2012

VER Y TOCAR

Ir por la vida con la cabeza inclinada se había convertido en algo habitual para mí  y ya estaba acostumbrado a ello.
Nunca fui una persona huraña y solitaria; me gustaba estar con más gente y disfrutar de largas conversaciones alrededor de una mesa, pasar las tardes de domingo en el bar viendo algún partido de fútbol y comentando las jugadas con los demás y, sobre todo, tener algún que otro "bis a bis" con mis más íntimos, siempre mirándonos a los ojos, una conversación franca y sin tapujos.
Pero la vida en ocasiones, nos depara lo que nunca queremos, y nos sorprende con sus puñaladas traicioneras que terminan para siempre con nuestras ilusiones.
El día en que el médico me dijo que me quedaba muy poco tiempo de visión, que pasados tres meses ya no podría ver absolutamente nada y la más profunda oscuridad me invadiría, fue el más terrible de mi vida.
Aproveché aquellos meses en mantener conversaciones con mis amigos y ver sus ojos llenos de entusiasmo, de vida, de verdad; quise mantener en mi mente las miradas de las personas a las que aún podía ver por la calle y observar sus inquietudes, sus miedos, sus alegrías; ver el futuro en los ojos alegres de los niños y la nostalgia en los de los ancianos.
Llegó el día en que me levanté de la cama y todo era oscuridad. Me senté y pensé: "Ya no podré saber si me mienten o me dicen la verdad cuando me hablan".
En aquel momento tomé la decisión de inclinar siempre la cabeza hacia el suelo y, con ayuda de un bastón, caminar solo por las calles, sin hablar con nadie; no podía ver esos ojos que expresan todo, que nunca mienten y preferí retirarme de la sociedad.
Pero la vida siempre nos sorprende con algo nuevo. Un día, caminando por un parque oí una pequeña voz que me decía: "Señor, puede ayudarme, me he perdido de mis papás". En un principio le dije que no y comencé a andar de nuevo, pero aquel pequeño retuvo mi mano y repitió: "Por favor". Pude notar el temblor y el frío de aquellos deditos que se apretaban fuertemente a los  míos.
Decidí ayudarle y, tras un rato andando de la mano, aparecieron sus padres; pude oír los gritos de alegría. El padre del pequeño se acercó a mí y me dio un apretón en la mano a modo de agradecimiento; fue sincero, contundente. La madre me abrazó y después cogiendo mis dos manos, con mucho cuidado para que yo no perdiera el bástón, me dijo: "Muchísimas gracias". En aquel momento me di cuenta que las miradas sobraban; que la candidez con que cogía mis manos era suficiente.
Me di la vuelta y me dirigí al bar, al que hacía tiempo que no iba. Cuando llegué, mis antiguos compañeros de tertulia salieron a recibirme: me abrazaron, incluso alguno me besó, pero lo mejor es que pude notar las manos de todos estrechando la mía y comprendí que mis ojos tenían ahora diez dedos. Desde aquel día ya no iba a ir por la vida con la cabeza inclinada.


(Frase de Mari Mar Sánchez García)

viernes, 16 de diciembre de 2011

CAJA DE BOMBONES

Forrest Gump tenía razón: "La vida es como una caja de bombones, nunca sabes cuál te va a tocar".
Pero lo que se le olvidó decir es que no sabes si te va a tocar comerte el que nadie quiere o te va a tocar ser a ti el que nadie quiere.
Desde que nacemos ya nos viene impuesta una familia que, en algunos casos, no es la que nosotros hubiéramos querido, si no que le pregunten a todos los que pasan hambre y sufrimiento; en otros casos, somos nosotros el bombón amargo de la familia, el que es distinto al resto de la caja y al que siempre dejan para el final.
Otros tienen la suerte de nacer en familias acomodadas y son siempre el plato dulce de todo.
Cuando nos desvinculamos de nuestra familia y formamos la nuestra, somos nosotros los que elegimos a los bombones que queremos que formen parte de nuestra caja: nuestra pareja y nuestros amigos; pero nuestros hijos vuelven a repetir el ciclo y ellos no eligen, les venimos impuestos.
Tal cual están los tiempos, no podemos elegir quiénes deben compartir nuestro trabajo, al igual que tampoco elegimos a nuestros vecinos de comunidad.
En contadas ocasiones tenemos la suerte de entrar a formar parte de un grupo de trabajo en el que nos sentimos a gusto, bombones de nuestro trabajo que nos apetece ver todos los días, porque sencillamente hemos tenido la suerte de ir a parar a una caja en la que todos somos iguales y nos tratan como a iguales.
En las comunidades de vecinos siempre está el bombón-cotilla, el bombón-antipático, el bombón-que-pone-pegas-a-todo y el bombón-que-pasa-de-todo. Visto como vivimos en la actualidad, tampoco tenemos mucha relación con los bombones-vecinos, cada uno vamos a nuestro aire y, si podemos evitar encontrarnos con alguno, mejor; para eso se hicieron los ascensores: para salir corriendo a cogerlo y no tener que esperar a alguien a quien no queremos darle conversación.
Lo único cierto que tiene pertenecer a una caja de bombones es que, tarde o temprano, a todos nos comerán ya seamos dulces o amargos. Y por qué no decirlo: no está mal que, por un día y sin que sirva de precedente, alguien nos llame bombón.